Tras la muerte del pintor Salvador Dalí hace ahora 25 años –el 23 de enero de 1989–, un grupo de fervorosos entusiastas del genio surrealista se reunió en secreto en un café de Barcelona para urdir un insólito plan: exhumar el cadáver del artista y trasladarlo al lugar que le correspondía, junto a los restos de su amada Gala.
El párrafo anterior no es más que el argumento de una obra de ficción, la novela ‘Dalí corpore bis sepulto’ (Dalí, dos veces enterrado) del periodista y escritor zaragozano Miguel Ramos Tornadijo, pero está basada parcialmente en hechos reales, y se inspira en la polémica que surgió tras la muerte del artista debido a las circunstancias poco claras que rodearon a la decisión de su entierro en Figueres.
Cuando se produjo el deceso de Dalí, Ramos Tornadijo consideró imperdonable que el maestro del surrealismo no fuera enterrado junto a su esposa Gala, sepultada en una cripta del castillo de Púbol, que Dalí había comprado para ella. Su indignación por lo que creía una injusticia le llevó a redactar un manifiesto a favor del “romanticismo” que fue publicado en los diarios ABC y La Vanguardia, y recibió la respuesta de varias cartas de otros admiradores del artista.
En la novela, Tornadijo y sus correligionarios ponen en ejecución su plan para hacer realidad lo que creen es un acto de justicia. Fuera de la ficción, sin embargo, Dalí sigue enterrado en su teatro-museo de Figueres, mientras Gala descansa eternamente en el castillo de Púbol, también abierto a la visita de curiosos y turistas.
Sin embargo, y dejando a un lado lo que no es más que una llamativa propuesta narrativa, lo cierto es que las circunstancias que rodean al último lugar de descanso de Dalí están envueltas en la duda y la polémica.
Según el entonces alcalde de Figueres, Marià Lorca Bard, el 1 de diciembre de 1988 –mientras estaba ingresado en la clínica Quirón de Barcelona–, Dalí le comunicó sus deseos de ser enterrado en Figueres, en el museo dedicado a su figura, próximo a su lugar de nacimiento y bautismo. Marià Lorca avisó ese mismo día al notario José Gómez de la Serna para que dejara testimonio legal de la voluntad del artista, pero al parecer el pintor se negó en redondo a verle.
Poco después el estado de salud del artista continuó empeorando, hasta el punto de ser incapaz de comunicarse, por lo que el alcalde de Figueres quedó como único testigo de los supuestos deseos sobre su enterramiento en la localidad que le vio nacer.
Cuando finalmente se produjo la muerte de Dalí, no hubo problemas para proceder a su inhumación en el teatro-museo de la localidad gerundense donde todavía descansan sus restos. Sin embargo, el que había sido hasta entonces su secretario personal durante años, el francés Robert Descharnes, sí mostró su enfado y su desacuerdo con la decisión, pues desde meses atrás había planificado que el cuerpo de su jefe y amigo descansase para siempre junto al de Gala.
De hecho, el propio Dalí había manifestado durante años que esa era su intención, tal y como reconoció Arturo Caminada, su criado durante varias décadas. Según Caminada, tres años antes de morir el pintor había escrito de su puño y letra un documento en el que pedía ser enterrado junto a su esposa, quien había fallecido en 1982.
En efecto, Dalí mandó construir en el castillo de Púbol una cripta con dos tumbas –una para él y otra para Gala– comunicadas, de forma que tras su muerte quedaran unidos para siempre. La cripta puede visitarse hoy en día, y allí están los dos sepulcros, aunque sólo el de Gala está ocupado.
A los testimonios de Descharnes y Caminada sobre la voluntad de Dalí respecto al entierro de sus restos mortales hay que sumar también los de su sobrino Gonzalo Serraclara y el de Benjamín Artigas, alcalde de Púbol. Todos ellos, al igual que Miguel Ramos Tornadijo en su novela, mostraron su preocupación por lo que consideraron la vulneración de la verdadera última voluntad del artista.
Para ellos, la supuesta petición de Dalí a Marià Lorca fue más que dudosa –entre otras razones porque no hubo más testigos que la corroboraran–, y respondería al interés del alcalde por atraer turismo a la localidad gerundense, convirtiendo el museo en una especie de santuario de peregrinación del surrealismo.
En cualquier caso, Dalí se llevó la verdad a la tumba, y hoy sólo Marià Lorca, el antiguo alcalde de Figueres, sabe si el artista reposa o no en el lugar que le corresponde. Al menos, los más románticos tienen el consuelo de la ficción, en la que, quién sabe, quizá alguien veló porque los amantes descansaran juntos para siempre…
