Una vez por año, debido a un ritual del que se desconoce la procedencia, nos ubicamos detrás de un conjunto de pequeñas velas sobre un pastel y, como si fuera un conjuro religioso, hacemos una invocación mágica.
Una celebración de cumpleaños nos da una oportunidad que, por convención o negligencia, no tendremos otra hasta 365 días después. Es el chance de alcanzar lo que queramos. Para que eso hipotéticamente suceda, según la tradición, pediremos un deseo. ¿Por qué no pedir más? si no estamos molestando a nadie y el requerimiento abstracto no tiene costo.
Los hombres tenemos en nuestro imaginario más de un deseo por cumplir y seguramente nunca se nos ocurren algunos de ellos cuando pedimos el de cumpleaños. En ese instante, justo antes de soplar firmemente para apagar la llama del anhelo, sólo nos acordaremos de alguno muy torpe como pedir salud o un trabajo mejor.
Se me ocurren por lo menos tres deseos que cualquier hombre estaría impedido de rechazar, si ha de soñar a lo grande. Pero hay algo más: existe en la nómina de pretensiones un cuarto deseo, uno complementario que viene por añadidura: el que aspira obtener el poder de comprar todo lo que se desea. Mejor que conseguir lo que se ambiciona como fruto de una dádiva del genio de la lámpara, es tener la supremacía del poder para adquirirlos. Por este comenzamos:
El primer deseo es el poder de comprar, porque ese acto es una de las experiencias más agradables que existen ya que es ese momento, se ha descubierto, que el cerebro libera serotonina, un neurotransmisor asociado al bienestar. Pero el motivador es el poder. Y hay otra respuesta química para ello: el poder nos crea la ilusión de una vida garantizada y ello produce la descarga de dopamina, responsable de la sensación de placer. Ansiar tener algo, y poseer la capacidad económica para comprarlo alimenta la ambición de construir nuestro propio mundo, a nuestro gusto. Eso es tener poder.
El segundo deseo del registro tiene que ver con que el hombre tiene gustos simples, como sentarse frente a una pantalla de televisión a ver el partido de fútbol con amigos o reunir al mismo grupo para disfrutar una larga sesión de PlayStation. Este deseo será esplendoroso si logramos cumplir con el deseo de tener un microcine, una pequeña sala de proyección personal con sonido cuadrafónico, para ver la Champions League en una pantalla de 20 x 10 metros sentado en una de las 60 butacas acolchadas o para jugar una partida de “FIFA14” o “Need for Speed Rivals” para PS4. Eso es jugar a lo grande y divertirse como niño. Satisfacción garantizada.
La publicidad nos ha instruido sobre las ventajas de un auto nuevo y potente y entendemos el mensaje subliminal del comercial que nos enseña que lo que importa verdaderamente es a cuántas rubias podremos subir al descapotable. De eso se trata el tercer deseo. El vínculo del automóvil y el hombre es indestructible, de hecho se especula que el tamaño del carro que se conduce es directamente proporcional al miembro viril del conductor (o con las expectativas que se tiene de él). El deseo ferviente de todo varón es poseer una flota de automóviles, uno para cada día de la semana. Modernos, brillantes, uno junto al otro como aquella colección de autos en miniatura que nos regaló el tío Carlos a los 8 años. Desde entonces, es uno de los sueños que más quisiéramos materializar.
Pero existe una ambición mayor, la superlativa, la que ha sobrevolado más reuniones masculinas que cualquier otra. Es el cuarto deseo. Es la ilusión que persigue a la imaginación de un día de vacaciones recostado en la arena de una playa, es la idea sobrenatural que fabricamos en nuestra mente mientras estamos atascados en el tránsito inmóvil de una autopista, es la fantasía adolescente, juvenil y madura.
Hay esperanzas que nunca mueren, entre ellas está la de tener un harén a nuestros pies. Es el arrebatador pensamiento de un conjunto de mujeres solícitas, obsequiosas y serviciales, las que nos harán sentir como un pachá o un sultán del imperio otomano. Es la alucinación de ser un macedonio en su gineceo. La historia nos ha nutrido el pensamiento lujurioso al develarnos los secretos de las geishas del Japón o corrernos el velo de las cortesanas de Venecia en el siglo XVI.
Este mundo sería desastroso si no existieran los deseos, hasta los más trasnochados e inverosímiles. Lo hombres dejaríamos de ser hombres si no fuera posible ambicionar hasta lo imposible.
