El más peligroso, secreto y espectacular experimento en la historia de la ciencia tuvo lugar en el desierto de Nuevo México el 16 de julio de 1945. Un dispositivo conocido como “el artefacto” fue elevado con mucha cautela por medio de una grúa hasta lo alto de una torre de 30 metros. Era una versión de prueba de la bomba atómica.
La bomba fue detonada a las 5:30 de la mañana. Su efecto fue asombroso. En el suelo del desierto se formó una bola de fuego violeta, verde y naranja, que envió una columna de 11 kilómetros de escombros en extremo calientes al cielo, donde adquirió una forma nunca vista: el hongo nuclear. El ruido se oyó en El Paso, a 130 kilómetros de distancia.
A los residentes se les dijo que había explotado un arsenal de municiones. En cuanto a los creadores de la bomba, la mayoría estaba en un búnker a 16 kilómetros de distancia, desde donde observaron su pavoroso experimento a través de pantallas protectoras de soldadura colocadas sobre anteojos de sol. El principal entre todos ellos era el físico Robert Oppenheimer.
Fisión del átomo
Los físicos teóricos supieron durante mucho tiempo que al fisionar el núcleo de un átomo se liberarían cantidades masivas de energía. Ernest Rutherford lo había demostrado por primera vez ya en 1917. Se conjeturaba que este proceso podría usarse para generar energía o para detonar una bomba, aunque las dificultades prácticas parecían insuperables. Pero en 1938, Otto Hahn y Fritz Strassmann, que trabajaban en la Alemania nazi, lograron fisionar un átomo de uranio bombardeándolo con un neutrón. Sin embargo, un arma basada en la fisión nuclear parecía aún inalcanzable, ya que requeriría una cantidad de uranio equivalente a la carga de un buque (o así se creía). No obstante, las preocupaciones crecieron.
En 1939, Albert Einstein escribió una carta al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, alertándolo de que una bomba atómica transportada por vía marítima era algo al menos teóricamente posible, y que era probable que científicos alemanes trabajaran en ella. (Más tarde, Einstein lamentó haber enviado esa carta y se sintió horrorizado por los hechos que se produjeron).
Unos meses después, físicos alemanes antinazis que trabajaban en Gran Bretaña calcularon –teóricamente– que se podía hacer una bomba atómica con solo un kilogramo de un isótopo refinado de uranio natural, uranio-235. Estaba claro desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial que la fisión del átomo podía conducir a un arma aterradora: el lado que la desarrollara primero podría asestar un golpe aplastante a su enemigo. Una vez que los Estados Unidos entraron en la guerra, en 1941, los principales científicos de todo el país fueron convocados.
La primera reunión tuvo lugar en la isla de Manhattan, en Nueva York, de ahí el nombre en clave de la operación en la que ellos y otros miles iban a trabajar a lo largo de los tres años siguientes: Proyecto Manhattan. El Proyecto creció rápidamente en 1942 y 1943, desparramándose por más de 30 sitios secretos a lo largo de los Estados Unidos. Hacia el final, el proyecto empleaba cerca de 130.000 personas, la mayoría de las cuales no tenía idea de que su objetivo era desarrollar un nuevo tipo de bomba, altamente destructiva.
El director del proyecto, el brigadier general Leslie R. Groves, había reunido un equipo de profesores acompañados de sus alumnos más brillantes. Entre ellos estaba Enrico Fermi, que llevó a cabo la primera reacción experimental artificial nuclear en diciembre de 1942; Edward Teller, que más tarde desarrollaría la bomba H, y ganadores del premio Nobel pasados y futuros: Louis Álvarez, Hans Bethe, Felix Bloch, Richard Feynman, Dudley Herschbach, Edwin McMillan, Isidor Rabi, Norman Ramsey, Frederick Reines, Emilio Segrè y Owen Chamberlain. Para encabezarlos, Groves eligió a J. Robert Oppenheimer, un profesor de 38 años de la Universidad de California. Oppenheimer resultó ser una designación inspirada. Tenía la capacidad de reclutar las mejores mentes y mantenerlas enfocadas.
La vida en la montaña
Oppenheimer amaba Nuevo México. Cuando el brigadier general Groves buscaba una ubicación secreta adecuada para instalar un laboratorio de investigaciones sobre armas, Oppenheimer lo llevó allí. Encontraron un internado para varones en Los Álamos que parecía adecuado. Fue expropiado en noviembre de 1942, se lo rodeó de una cerca de alambre de púas y fue rebautizado con el nombre de Sitio Y. El terreno que rodeaba el colegio pronto se llenó de remolques y cabañas prefabricadas. Oppenheimer pensó que solo unos pocos cientos de personas trabajarían allí; en 1945, había 6.000. El sitio de Los Álamos adquirió el aspecto de un pujante pueblo de la época de la fiebre del oro, con tiendas de alimentos, lavanderías, bares, cafetería, correo, hospital y biblioteca, todos ellos conectados por calles no pavimentadas que se llenaban de barro cuando llovía.
Cientos de científicos –cuyos antecedentes habían sido exhaustivamente investigados– fueron destacados allí, algunos viajaron con nombres falsos y sin saber cuánto tiempo se quedarían o qué harían en el lugar. Muchos llegaron con sus esposas y algunos, con hijos pequeños. De hecho, quedaron encarcelados en un campamento militar y rodeados de guardias armados mientras trabajaban con personal militar. Agentes de inteligencia de las Fuerzas Armadas y el FBI –conscientes de que muchos de los científicos habían estado involucrados en políticas radicales en la década de 1930– estaban alertas a cualquier filtración de información hacia el mundo exterior.
La correspondencia era abierta y leída; las llamadas telefónicas, monitorizadas. (Después de la guerra se supo que al menos tres espías operaban en Los Álamos y pasaban información a la Unión Soviética). Los científicos trabajaron intensamente en los laboratorios. La mayor parte del tiempo, el ambiente era positivo. Muchos estaban motivados por la creencia de que su investigación era esencial para la campaña bélica y para la supervivencia de la civilización misma. La mayoría eran jóvenes, de entre veinte y cuarenta años. La compañía resultaba intelectualmente estimulante, ya que constituían la elite de sus respectivos campos.
Para ahuyentar el aburrimiento, llenaban su tiempo libre con hobbies, música, fiestas, deportes –béisbol en verano, esquí en invierno–. Tenían dos bandas de música bailable y su propia estación de radio. Incluso nacieron niños allí. Muchos científicos contribuyeron con sus personalidades extravagantes así como con sus mentes agudas a la vida en Los Álamos, pero el ambiente constructivo dependía del propio Oppenheimer. Supervisaba con intensa dedicación la labor de todos los departamentos: física, química, metalurgia, ingeniería y armamentos.
Al establecer una relación de confianza y libre intercambio de información, pudo armar un sólido equipo y llevarlo a su meta final. El objetivo se logró cuando esa primera bomba detonó en el desierto de Nuevo México. El experimento fue un éxito. La tecnología había funcionado y estaba a disposición de la campaña bélica. Para entonces, Alemania se había rendido y en Europa la guerra había terminado. Pero la contienda contra Japón continuaba, y era brutal. Conforme las fuerzas de los Estados Unidos se abrían paso a través del Pacífico, tomaba cuerpo la presunción de que las tropas japonesas se negarían a rendirse y los Estados Unidos tal vez perderían otros 500.000 hombres. La nueva arma parecía ser la forma más segura de poner fin a la guerra.
“Niñito” y “hombre gordo”
El 26 de julio de 1945, los Estados Unidos, Gran Bretaña y China emitieron un ultimátum a Japón: ríndanse sin condiciones o enfrenten las consecuencias. No nombraron la bomba.
En los ataques aéreos contra Japón, varias ciudades habían sido omitidas adrede. Una de ellas era Hiroshima. En la mañana del 6 de agosto de 1945, los habitantes de Hiroshima prestaron poca atención a los tres bombarderos B 29 que pasaron por el cielo de su ciudad, ya que en los bombardeos aéreos comunes participaban docenas de aviones que dejaban caer una gran cantidad de bombas.
Una única bomba –apodada “Little Boy” (Niñito)– fue lanzada por el avión Enola Gay. Explotó a 580 metros de altura sobre la ciudad, cuando el bombardero giraba para evitar la onda expansiva. Hiroshima fue incinerada. Se calcula que 78.000 personas murieron de inmediato y tal vez otras 170.000 más tarde, por las heridas sufridas y las enfermedades provocadas por la radiación.
Tres días después, una bomba apodada “Fat Man” (Hombre gordo) fue detonada sobre Nagasaki con similar efecto devastador. Japón se rindió el 15 de agosto. Mientras tanto en Los Álamos, el equipo comenzaba a dispersarse y los sentimientos de sus integrantes eran contradictorios. Se sentían orgullosos por el logro científico y su aporte al fin de la Segunda Guerra Mundial, pero lamentaban la colosal pérdida de vidas y el sufrimiento que su obra había producido en Japón.
