Había venido escuchando sobre la creciente influencia del yihadismo en Francia a través de las redes sociales, pero quería constatarlo por sí mismo. De manera que Gurvan Kristanadjaja, redactor del espacio Rue89, con sede en París, abrió un perfil en Facebook completamente falso.
Se llamaría Ayoub y sería un francés de 20 años, hijo de una familia marroquí, apasionado del futbol y con ganas de conocer gente con sus mismas inquietudes. Como identificador visual –un poco para infundir cierta confianza en los posibles amigos-, colocó la foto de un hombre, de lejos, difícil de verificar en caso de que alguien se volviera muy exigente.
La idea era una sola: ¿podía uno entrar en contacto con los círculos yihadistas en Francia? ¿Llegarían por sí solas las solicitudes de integración?
Si bien tenía conciencia de que su perfil estaría plagado de estereotipos, Kristanadjaja logró modificar las fechas de sus apariciones, a la par que subía fotos y comentarios sobre futbol o sobre la reciente celebración de la fiesta de l’Aid el Fitr, que marca el cierre del mes del Ramadan; tras lo cual empezó a recibir simples «Likes» y algunas solicitudes de amistad.
Tras un largo día de espera, el balance era de unos veinte nuevos amigos. Nada resultaba alarmante, hasta que decidió unirse, “por curiosidad”, a la página del Estado Islámico, que ya cuenta con más de 36.000 likes de todas partes… Es en este espacio donde quienquiera que acceda puede hacer contacto con “personas que hayan trabajado en Estado Islámico”, por lo que el falso Ayoub realizó varias solicitudes, algunas de estas en perfiles de sujetos cuyas fotos los mostraban encapuchados y con armamento.
A partir de ese momento, relata el periodista, toda la información que pasaba por su timeline giraba alrededor de la reivindicación de Daesh, el acrónimo que en ciertos medios suele referirse al movimiento Estado Islámico.
Imágenes de guerreros iracundos enarbolando su bandera negra, videos de movimientos militares en las ciudades ocupadas en Siria y en Irak, fotos de rivales decapitados como “acto de justicia” y de “mártires” que perdieron la vida por la causa… Entre tantas le llamó la atención que la mayoría de estas apelaban a combatir a las religiones en el Levante, para hacer vencer a “la verdadera religión, la de Alá”.
“A fuerza de ver tantos muertos –asegura Kristanadjaja-, tantos decapitados y tantos yihadistas—empezaba a sentirme mal.”
De manera que a cuatro días de su apertura, una certeza tenía este redactor del espacio Rue89: en tan poco tiempo su perfil se había visto invadido por miembros o simpatizantes de un circuito pro-yihadismo en el corazón de Europa.
Hasta que uno de esos días, tras haber escrito en su muro “Perdido en este momento, que alguien me guíe por el buen camino”, recibió la comunicación de un extraño personaje, nada menos que una mujer, quien le citó frases enteras del Corán, antes de asegurarle que “la yihad [era] la mejor obra que él podía hacer por Alá.”
Ella misma le aseguró que había tenido la intención de trasladarse a vivir a Siria, aunque luego reconoció que “no [era] el momento de ir para las mujeres y los niños.”
Su otro reparo estaba en el matiz de guerra civil de la actual confrontación alrededor de la frontera entre Siria e Irak, el hecho de que musulmanes combatieran contra musulmanes, algo que ella no aprobaba.
“Si yo fuera un hombre –admitió seguidamente—y quisiera hacer la yihad, me iría a Afganistán, a pelear contra los americanos, pues allí no correría el riesgo de equivocarme.”
Meticulosa con los asuntos coránicos, esta mujer aseguraba haber visto un video del Estado Islámico en el que “hermanos que no saben hacer bien las cosas” le cortaban una mano a un ladrón, pero no precisamente como lo establece la ley, sino con un “cuchillito”, como si cortaran un cordero. “Y no es así como se hace”, puntualizaba.
Esta especie de juego de roles llevado a cabo por el redactor de Rue89 nos conecta inevitablemente con el caso de Léa, quien a inicios de octubre fuera detenida mientras intentaba viajar a Siria. El caso de esta niña de 15 años horrorizó a franceses y al resto de los europeos cuando confesó que sus reclutadores a través de Facebook la instaban a que cometiera una masacre antisemita en territorio francés.
Dos meses bastaron para que Lea fuera seducida hacia el Islam radical a través de las redes sociales por activos comentaristas anónimos. De acuerdo con su confesión, tras haber manifestado en su perfil su necesidad de que alguien le perdonara “sus errores”, así como su deseo de convertirse en enfermera, varios de sus interlocutores le propusieron que se fuera a Siria, para realizar actividades humanitarias, y que no había nada mejor que hacerse perdonar en Sham, término con el que denominan al Levante.
Seguidamente, Léa recibió videos de los niños masacrados por el gobierno de Bachar al-Asad y le sugirieron que dejara de obedecer a sus padres pues eran ellos los infieles, quienes no obedecían a Alá.
“Me dijeron que lo primero era que viajara a Turquía, que me casara allá, que saliera embarazada, y que luego sería trasladada con el niño a Siria”, confesó esta adolescente francesa.
En tiempos de interconectividad, de aceleración y libre flujo de las comunicaciones, controlar estas llamadas a la violencia se ha convertido en un reto difícil.
Si bien es cierto que Twitter y Facebook ya han acometido acciones para cerrar cuentas que se dediquen a sostener a estos movimientos extremistas, Gurvan Kristanadjaja termina su investigación alarmado por el descontrol que el propio algoritmo de las redes sociales –propiciar cada vez más contactos entre personas afines, como en un hilo de araña que no tiene fin—ha terminado generando.
