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El controvertido «privilegio de ser blanco» en EEUU

Las diferencias de oportunidades que en Estados Unidos persisten entre personas de una raza y otra, o entre individuos de distintos niveles socioeconómicos, son patentes.

Aunque ciertamente se ha avanzado en el afán de romper con las barreras del racismo o la preferencia por razones de raza, resulta estadísticamente cierto que la población blanca goza de una situación en general mejor que minorías como los hispanos y afroamericanos en términos de ingreso y nivel educativo.

Según datos de la Oficina del Censo, el 25.8% de los afroamericanos en Estados Unidos se encuentra en o debajo del nivel de pobreza, cifra que es 23.2% entre los hispanos (grupo en el que hay población considerada blanca). En cambio, menos del 10% de los blancos no-hispanos vive en pobreza en el país.

Esta situación no es nueva, sino el resultado de todo el contexto histórico, político y económico del país. Tampoco es monolítica, pues es claro que individuos de todas las razas, y en números crecientes, han conseguido sobresalir y alcanzar altos niveles de desarrollo económico y sociocultural, y en contrapartida existen amplios grupos de población blanca que se encuentran en condición de pobreza o desarrollo limitado.

Y no es algo que pueda individualizarse de modo específico: desde luego existen personas de raza blanca que han logrado (o creen haber logrado) sus éxitos por su esfuerzo personal y no por concesiones otorgadas por su condición racial, y lo mismo puede decirse de otros individuos: hispanos o afroamericanos que han conseguido sus logros por sí mismos, por su esfuerzo propio (incluso sin recurrir a la acción afirmativa, que recientemente ha sido criticada de injusta por conceder ‘privilegios’ a las minorías en el acceso a la universidad). Pero los ejemplos individuales no diluyen el panorama general que muestra que existen ventajas objetivas, asumidas o no, injustas o no, de ciertos grupos sociales blancos sobre el resto.

En este contexto se ha dado un debate sobre el llamado ‘privilegio de los blancos’ (‘white privilege’), que se trataría de una serie de estructuras, conductas, prejuicios y beneficios que conceden a los blancos una ventaja. Algunos niegan que tal cosa exista o que, en caso de que exista los haya favorecido. Es el caso de Tal Forgang, estudiante de la Universidad de Princeton, que en un artículo en un periódico universitario de orientación conservadora critica un llamado en su universidad a reflexionar sobre los privilegios de lo que ciertas personas han gozado. Forgang rechaza haber alcanzado la educación superior en una institución de primer nivel por ser de raza blanca, sino por su esfuerzo personal y el de su familia. Sus privilegios en la vida, indica, han sido el esfuerzo tremendo de sus mayores –que son sobrevivientes del holocausto nazi- y el suyo propio.

No hay duda de que así sea, y el análisis sobre la existencia del ‘white privilege’ no niega ni rechaza que personas de raza blanca hayan conseguido sus éxitos por su propio y legítimo esfuerzo. Pero que exista esa capacidad de avance individual justa y basada en el mérito no cancela que también existan otros elementos, que pueden beneficiar o no a ciertos individuos específicos, y que constituyan ese ‘white privilege’.

Si Forgang llegó a donde está, una universidad de primer nivel mundial, únicamente por su propio mérito eso no implica que no exista un contexto de privilegio para un cierto grupo. Su caso es indicativo de una de las posibilidades pero no elimina el hecho que otros sí se encuentren en ventaja por actitudes de privilegio existentes entre ciertos grupos.

En contrapartida, la Corte Suprema falló recientemente para avalar la decisión de los votantes de Michigan de eliminar la acción afirmativa en el acceso a la universidad. La acción afirmativa se creó justamente para compensar las desventajas estructurales que sufren las minorías, algo que la mayoría de los votantes en Michigan ha rechazado.

Esa situación ha desatado el debate sobre quién y por qué se conceden ventajas, formales y revertibles (como la acción afirmativa) o informales pero persistentes (como el ‘white privilege’). En el último de los casos hay esfuerzos para tratar de identificarlas y mitigar sus efectos ‘perniciosos’. Por ejemplo, hace unas semanas se realizó en Wisconsin la llamada ‘White Privilege Conference’, enfocada en analizar y proponer acciones para frenar el ‘White Privilege’, que los organizadores de ese evento consideran la ‘otra cara del racismo’.

En numerosas universidades se han realizado seminarios y eventos para sensibilizar sobre ese privilegio y la forma de revertir sus efectos socialmente dañinos. Por ejemplo, el febrero tuvo lugar un encuentro sobre el tema en la Universidad de Brown y Forgang alude a la campaña que en su propia institución ha llamado a la gente a ‘revisar sus privilegios’.

Sea como sea, el reto en Estados Unidos es superar los sectarismos y los exclusivismos de modo justo y solidario. En los casos en los que eso implique apoyos especiales para los grupos desfavorecidos u oprimidos, como la acción afirmativa, debería existir comprensión y generosidad general. En los casos en que un grupo dominante se favorece con prácticas autorreferentes que excluyen a otros de manera ilegítima, como sería el ‘white privilege’, se debería cambiar la actitud para ofrecer oportunidades para todos, basadas en el mérito, y para lograr una transformación en la percepción y las conductas para promover una sociedad más incluyente.

Desde luego, quienes han conseguido sus éxitos con esfuerzo personal no deberían ser estigmatizados por ser parte de un cierto grupo, pero al mismo tiempo la mano tendida a los grupos menos favorecidos, como  la acción afirmativa, no debería ser considerada como inequitativa sino como una forma mínima de justicia para revertir los efectos de desigualdades estructurales.

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Bruce Villatoro Prensa QuienOpina.com

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