Me levanté esta mañana y como todos los días encendí la radio -en mi teléfono celular- ya no tengo un transistor al lado de mi cama, como tuve desde siempre.
Hablaban del papa Francisco I, decían que detuvo su paseo por las calles del Vaticano al escuchar un feligrés argentino que le gritó: «padre Jorge, eres único». Le invitó a subir al Papamóvil y compartió un par de minutos con él, recordándole que no solo el papa es único, sino que todos los seres humanos lo son.
De inmediato pensé: ¡es un crack!
Camino a la oficina volvieron a mi memoria, como flashes frenéticos, las imágenes de Bergoglio con la camiseta de San Lorenzo, el saludo a Messi y Buffon, la foto con la Azurra y todos los gestos maravillosos que el papa del fútbol ha tenido desde el día que inició su camino como líder espiritual de los católicos.
Recordé el cambio de la silla papal, el cambio de auto, el cambio de domicilio. Recordé los besos a los enfermos, los abrazos a los niños, la visita al líder ortodoxo, el abrazo con Obama, el apoyo a los divorciados -como yo-, a los gays, a los pobres, a los viejos, a la humanidad.
Y entonces me encontré parado en un semáforo sin ver lo que veía, tenía mi cabeza extraviada en otra parte, estaba pensando en Bergoglio en una cancha, porque todo lo que pasa por mi mente de una u otra manera está relacionado con una cancha.
En mi análisis imaginario ubiqué al papa Francisco jugando de 10, como administrador de los tiempos de todos los que jugamos en el terreno de la vida; como ingeniero de las pausas y la dinámica que todos necesitamos para fluir de manera espiritual; como el líder indiscutible del colectivo que se la juega toda a diario en el estadio universal.
Que buen número 10 hubiera sido Bergoglio si alguna vez se hubiera puesto la azulgrana de San Lorenzo, con esa capacidad y ese liderazgo, basado en el ejemplo, hasta a mí, que ya no creía en la iglesia ,me entregó un pase gol que me hizo regresar a misa los domingos.
