De acuerdo con un reporte del no gubernamental Immigration Policy Center, el 11 por ciento de los inmigrantes deportados denuncia maltratos físicos durante su detención, mientras el 23 por ciento ha sido víctima de insultos homofóbicos, raciales o xenófobos. La mayoría de la violaciones apunta a la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos, cuyo desempeño en estos casos escapa al escrutinio de la justicia.

Por orden del Congreso, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE) tiene que mantener al menos 34.000 reclusos temporales en los centros de detención para inmigrantes ilegales. Esas instalaciones funcionan bajo la administración de empresas privadas como Corrections Corp. of America y Geo Group Inc. (GEO), que han recibido cientos de millones de dólares de los contribuyentes. Desde 2005 ambas compañías han gastado alrededor de 16 millones de dólares en actividades de lobby en Washington. Cuando el número de detenidos excede las capacidades de los centros de detención, las autoridades acuden a prisiones convencionales, donde los futuros deportados conviven con presos comunes.

Arizona inició la cadena de leyes antiinmigrantes en Estados Unidos con la SB1070 en 2010. Desde entonces los gobiernos estatales de Utah, Indiana, Georgia, Alabama y Carolina del Sur pasaron legislaciones similares. Sin embargo, ninguna de esas regulaciones ha sobrevivido íntegra el escrutinio de los tribunales.