La presidenta interina de la República Centroafricana dijo a cientos de soldados formados que estaba orgullosa de ellos y pidió su apoyo para poner orden en su anárquico país.
Pero tras su partida los soldados rompieron filas para apuñalar y pisotear a un sospechoso de ser miliciano musulmán hasta matarlo, y luego arrastraron su cadáver por las calles. Su nombre era Idriss, y estaba de pie entre ellos.
Lo acusaron de ser un infiltrado que estaba allí para espiar para Seleka, la rebelión que había derrocado al gobierno.
Fue entonces cuando alguien desenfundó el primer cuchillo.
Los mismos hombres que se espera protejan a los civiles usaron cuchillos, ladrillos y sus propios pies para atacar al hombre.
Tropas de la pequeña nación africana de Burundi rodearon al herido para protegerlo de la creciente multitud.
Yació herido en la espalda y aún con vida durante unos cinco minutos. Pero a medida que la multitud se acercó más, los cascos azules se retiraron sin siquiera disparar tiros de advertencia.
El ataque se reanudó. Algunos lo apuñalaron mientras que otros le dieron patadas en la cara y otros le arrojaron ladrillos mientras la multitud aplaudía.
La multitud arrastró el cadáver de Idriss por las calles, lo desmembró y lo quemó.
El terrible ataque, muestra el grado de odio y barbarie al que ha caído este empobrecido país, así como las dificultades que enfrenta la comunidad internacional, que ya ha desplegado miles de cascos azules para intentar estabilizarlo.
