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Cuba le apuesta al megapuerto de Mariel

Hay grandes ciudades que seducen a turistas e inmigrantes por su glamour y la promesa de una vida mejor; hay pueblos pequeños, en cambio, que con unos pocos trazos fuertes dibujan la historia de un país. Uno de estos sitios donde se concentra el decurso de una nación es el Mariel, una discreta localidad 45 kilómetros al oeste de La Habana.

Los cubanos apenas han disfrutado de un tiempo apacible desde que iniciaron la guerra de independencia contra España en 1868. En las últimas seis décadas la isla ha sufrido las convulsiones de una revolución comunista, que ha marcado con hierro imperecedero la existencia de sus habitantes. En el Mariel han confluido tres hechos definitorios de esa historia reciente: la Crisis de los Misiles, el Éxodo de 1980 y la apertura de un megapuerto que podría resolver el destino de las reformas de Raúl Castro.

Lo que pudo haber sido

Sobre la Loma de la Vigía, el Palacio de Rubens se levanta como memoria y presagio. Este edificio, erigido por el estadounidense Horacio Rubens a principios del siglo XX, ha sobrevivido apenas a esa enfermedad que corroe a la arquitectura cubana: el abandono y la desidia.

Su creador quiso convertirlo en un casino, pero el gobierno de La Habana le negó ese privilegio. Algunas fuentes aseguran que el capo de la mafia norteamericana, Lucky Luciano, trató de reflotar el proyecto en la década de 1950 para aprovechar el tránsito de ferris desde la Florida, pero Fidel Castro frustró sus planes al hacerse con el poder en 1959. El palacio, de estilo ecléctico, pasó sus mejores años como sede de la Academia Naval, hasta que cayó en desuso.

Por las excelentes condiciones de su bahía, el Mariel fue escogido por Castro para establecer una de las Zonas Francas creadas en 1996. El primer viento de apertura económica soplaba entonces con fuerza, impulsado por el entonces vicepresidente Carlos Lage. Esas regiones especiales acogieroninversiones extranjeras en el sector manufacturero, que funcionaban bajo un régimen especial de aranceles y otros estímulos fiscales.

Pero el sueño de prosperidad económica se disolvió abruptamente cuando el líder de la Revolución cubana decidió retomar el camino de la centralización a mediados de la pasada década. El retorno a la gestión socialista al estilo soviético obligó a decenas de empresa extranjeras a abandonar sus proyectos en la isla.

Lo que fue

Por el puerto del Mariel llegó el armamento nuclear soviético que desencadenó la Crisis de los Misiles en octubre de 1962. La operación elaborada por Moscú comprendía también la instalación en la bahía de una base para submarinos rusos con capacidad para lanzar misiles balísticos. El final de ese incidente ha sido narrado en incontables ocasiones por protagonistas y observadores.

Nikita Kruschev y John F. Kennedy se entendieron sobre el retiro de los cohetes, a cambio de una promesa formal de Washington de no invadir Cuba y el desmantelamiento de bases estadounidenses en Turquía. Castro, que había sugerido a sus aliados aprovechar la oportunidad para eliminar a los Estados Unidos, no participó en las negociaciones. No obstante, la Crisis de Octubre, como la llaman en el país caribeño, fortaleció la imagen de héroe antiimperialista del gobernante cubano.

En el cénit de su aventura comunista, Castro anunció el 20 de abril de 1980 que cualquier cubano podía emigrar a los Estados Unidos desde el puerto del Mariel. Comenzó entonces el Éxodo. Durante unos seis meses alrededor de 125.000 personas abandonaron la isla en la mayor estampida migratoria de su historia.

El régimen utilizó la salida masiva para deshacerse de criminales y enfermos mentales, en una suerte de limpieza social de ciudadanos considerados “escoria”. En torno al Mariel y prácticamente en cada localidad cubana sucedieron escenas de horror, cuando las turbas revolucionarias cargaban contra quienes habían decidido emigrar. Esos episodios de violencia mostraron el rostro intolerante de la ideología profesada por Castro.

El Éxodo del Mariel también cambió a la comunidad cubana en Estados Unidos y, en particular, en la Florida. Ese estado incrementó en poco tiempo la fuerza de trabajo de origen cubano. La mayoría de los “marielitos” terminaron integrados a la sociedad estadounidense, pero muchos se mantuvieron en contacto con su país de origen. Y cuando la retórica revolucionaria dejó de garantizar subsidios a la economía cubana, Castro abrió las puertas a los antiguos “traidores”, que con sus remesas han sostenido durante años a miles de familias en la isla.

Otra vez la esperanza

Y ahora la historia vuelve a mirar de frente a este pequeño poblado. A finales de enero debe de iniciar sus operaciones la nueva terminal portuaria de contenedores. Políticos en La Habana y economistas aseguran que la Zona de Desarrollo Especial de Mariel (ZDEM) cambiará radicalmente el curso de la economía y hasta las relaciones diplomáticas de la nación caribeña.

En un artículo para la revista católica Espacio Laical, el experto Pedro Monreal describió en mayo pasado el futuro de ese emprendimiento, que remeda experiencias similares en China y Vietnam. “Por primera vez en mucho tiempo Cuba pudiera ser parte –modesta pero efectiva- de un proceso central de la producción mundial”, auguró el economista.

El megapuerto del Mariel podría convertirse en un centro de almacenamiento y distribución de mercancías y materias primas imprescindibles para la economía global. La capacidad para recibir buques de gran calado y capacidad –los llamados Postpanamax—situaría a ese puerto cubano en el camino de las rutas de transporte entre Asia y Estados Unidos, a través del Canal de Panamá, cuya remodelación debe de concluir en 2015.

“Probablemente desde la Revolución de Haití, hace más de doscientos años, no había aparecido una coyuntura económica tan potencialmente favorable para Cuba que combinase su alcance global con una relación directa con la operación de modalidades centrales de la acumulación de capital”, estima Montreal. “La geografía, al igual que hace 200 años, vuelve a ponerse a favor de la posibilidad de reinventar, al menos económicamente hablando, la Isla de Cuba.”

Pero esa oportunidad extraordinaria no escapa de las sombras del presente y de la historia. Los cubanos que trabajen en la ZDEM se regirán por el mismo sistema salarial que ha irritado a los empresarios extranjeros: las compañías pagan en divisas a una agencia estatal y esta entrega una parte irrisoria de esa remuneración a los empleados.

Los habitantes del Mariel se aferrarán seguramente a la nueva esperanza de un futuro próspero, como millones de compatriotas. Y quizás esta vez el milagro ocurra. Entonces podrán cerrar el pesado capítulo de promesas incumplidas, intolerancia y continuos retrocesos que ha labrado la existencia de un país.

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Bruce Villatoro Prensa QuienOpina.com

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