Aquí no voy a contar la historia del tatuaje, pero lo que sí merece una reflexión es el ascendente auge que la técnica artística de la tinta bajo la piel ha alcanzado en los últimos diez años.
Es notable cómo a medida que la tecnología va avanzando y que el mundo se va convirtiendo en uno más digital, los seres de carne y hueso necesitamos de un lenguaje más parecido al rupestre que al binario para manifestarnos. ¿Por qué elegimos para comunicar lo trascendente, un recurso tan antiguo si tenemos a mano teléfonos 4G?
El tatuaje es un grito ancestral que de algún modo nos devuelve a esa humanidad frágil y sentimental utilizando una acción tan primitiva. Nos aleja, por elección, de las frías pantallas de tablets, notebooks, smartphones y videogames, conseguimos tomar distancia de la virtualidad y nos conectamos con el deseo, el dolor, la perpetuidad.
Cada vez más hombres y mujeres de variadas edades —las féminas se incorporaron con entusiasmo a un área históricamente masculina— eligen que un extraño personaje blandiendo una máquina conectada a la corriente eléctrica y con una aguja en movimiento, corte la piel e introduzca líquidos desconocidos en nuestro cuerpo.
Y la cosa no acaba allí. Luego se debe esperar que la herida inflamada y sangrante inicie el proceso de cicatrización. Paradójicamente todo esto se hace con placer. Por último se deberá cuidar la zona lastimada con crema y abstenerse de la exposición al sol. Aunque parezca absurdo, este camino tortuoso es parte de la satisfacción final. Todos los tatuados han necesitado expresar algo y lo han logrado.
Si bien el dolor une y el sufrimiento equipara, la motivación que conduce a un hombre a tatuarse es distinta a la intención con que las mujeres deciden hacerlo. Cuando los varones determinamos que es el momento de tatuarnos, lo hacemos para asentar una proclama, estaremos diciendo, envuelta en una metáfora gráfica, lo que somos o lo que deseamos ser.
Ese águila, oso o tigre, la calavera con el puñal, el tribal de grandes dimensiones, el estilo Yakuza o elBratva ruso, todos constituyen una afirmación. Porque lo que ese hombre resuelto se ha inscripto en el propio cuero es una “declaración”.
En cambio, las mujeres encaran la situación de otro modo. Llegan con un animus distinto, ellas tienen una mirada más sensible del asunto, eligen expresarse con más sutileza. Indudablemente existirá una mayor preocupación por la estética y el resultado tiene que constituir un artilugio de belleza más.
Se dice que a la hora de grabar la epidermis se deben tomar dos decisiones: escoger el dibujo o diseño y la otra, tan importante como la primera, es saber bien en qué lugar de la anatomía lucirá mejor de acuerdo a su tamaño y forma, el arte seleccionado. Esta ecuación la resuelven mucho mejor las mujeres, como por ejemplo las famosas Penélope Cruz, Melanie Griffith, Kate Moss y Lady Gaga.Ellas destinan emociones menos ampulosas al tatuarse.
Quizás el emblema de la teoría que hoy estoy elaborando sea una de las parejas más célebres del circuito de los medios gráficos y audiovisuales: David y Victoria Beckham. Ambos atestiguan las cualidades que hombre y mujer manifiestan al plasmar la entintada fantasía sobre su piel.
