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La miserable vida de un joven banquero

Dos jóvenes empleados de Goldman Sachs toman un par de cervezas después de una larga jornada de trabajo de una noche primaveral. Charlan sobre cuál sería la mejor manera de suicidarse. “Si el objetivo causar el mayor daño psicológico, lo mejor sería volarme los sesos cuando esté en la mesa de trabajo, al mediodía”, afirma Jeremy Miller-Reed, de 23 años. “No”, responde de inmediato su colega, Samson Blanco, de 22 años. “¿Sabes lo que ocurriría? –le pregunta–. El resto de analistas enviarían un mail preguntando quién puede limpiar esto”. “Y entonces todo el mundo volvería a trabajar”, añade.

Jeremy y Samson existen. Sus nombres no son los reales para proteger su anonimato, pero ellos sí lo son. Eran analistas novatos de Goldman Sachs y la conversación también fue real. Habían llegado al gigante estadounidense apenas un año antes desde el campus de Ivy League, donde se hicieron buenos amigos.

Llegaron con ganas de comerse el mundo y con ese idealismo que acompaña a muchos –al menos a algunos- jóvenes. Jeremy aterrizó en un departamento de venta de productos de inversión básicos. Samson había recaído en la división de hipotecas. Muy pronto, sin embargo, aquel entusiasmo con el que contaron a sus padres que habían fichado nada menos que por Goldman Sachs,se había enterrado bajo los innumerables documentos, las interminables jornadas y los implacables jefes. Irónicamente rebautizaron la sede de Goldman Sachs como “Azkaban”, la prisión de la saga de Harry Potter en la que las almas de los presos son absorbidas por sus cuerpos.

Jeremy y Samson son dos de los protagonistas del libro ‘Young Money: Inside the Hidden World of Wall Street’s Post-Crash Recruits’, de Kevin Roose. Este periodista del New York’s Magazine relata para Business Insider cómo durante tres años se convirtió en la sombra de ocho jóvenes banqueros de Wall Street.

Desde luego, casi cualquier padre estaría orgulloso si su hijo consigue entrar en un prestigioso banco de inversión como Goldman Sachs o Morgan Stanley. Al fin y al cabo, pocos trabajos hay en el mundo donde paguen tan bien desde el principio –entre 90.000 y 140.000 dólares en el primer año, sin tener en cuenta el bonus-. Y desde fuera, viendo películas como El Lobo de Wall Street, todo el mundo pensará que estos jóvenes se den a la buena vida.

Nada más lejos de la realidad. Al menos a tenor de lo que cuenta la obra de Roose. Según el autor, a lo largo de estos tres años, apenas un único encuentro con sus entrevistados se saldó sin que le confesaran sus luchas contra la depresión, se quejaran de sus problemas de salud y de su pelea sin éxito para dejar de fumar o simplemente despotricaran de su modo de vida frente al de la ‘gente normal’.

¿Por qué estos banqueros jóvenes coinciden en una visión miserable de sus vidas?Tras muchas horas a su lado, Roose extrae tres factores que explican por qué Wall Street es un lugar tan destructivo para los jóvenes.

En primer lugar, señala las largas jornadas laborales. “Uno de los jóvenes banqueros se jactó de cómo ser lo que se conoce ‘el banquero de 9 a 5’, que significa trabajar de 9.00 a.m. a 5.00 a.m. del día siguiente”, afirma el periodista. También los médicos o algunos abogados coquetean con este tipo de horarios. Pero, según Roose, lo que marca la diferencia es que a estos banqueros el deber les puede llegar en cualquier momento, sin previo aviso y, obviamente, con solución inmediata. “Si un cliente necesita una presentación de PowerPoint a las cuatro de la mañana del día de Navidad, un banquero, de los jóvenes, tendrá que despertar e ir a la oficina”, explica.

Viven en un estado de alerta, de ansiedad permanente. “Hacer planes resulta imposible”, subraya el autor. Y esto, obviamente, tiene consecuencias en las relaciones de pareja, los amigos y la familia. El móvil se convierte en su tercera mano. Sus horas de sueño se reducen al mínimo y de forma discontinuada. Y cuando Roose les preguntaba si no temían porque esto afectara a su salud, su respuesta era unánime: “Durante unos años el trabajo es mi prioridad. Me preocuparé por mi salud después”. ¿Y si el daño es irreversible? “Estoy dispuesto a correr el riesgo”, contestaron.

Money, money

El segundo factor que encuentra Roose es el dinero. Los ocho jóvenes del libro llegaron a Wall Street después de la crisis de Lehman Brothers (septiembre de 2008). Miles de banqueros fueron expulsados del sistema, divisiones enteras aniquiladas y los sueldos, aun siendo de otro mundo, ya no eran –ni lo son- como antes del crash. Hasta entonces, un joven banquero podría llegar a ser millonario antes de cumplir los 30.

Más aún, las nuevas regulaciones para prevenir futuras crisis han hecho que los jóvenes banqueros, hasta Lehman Brothers considerados intocables, también entren en la ruleta de los despidos. “Trabajas con el miedo constante”, relataba uno de los ocho entrevistados, en este caso de Goldman Sachs. Los bancos están recuperando hoy los beneficios, pero la inseguridad entre los banqueros no ha desaparecido, según cuenta Roose.

Y el tercer factor que esgrime el autor para explicar por qué los jóvenes banqueros se ven tan miserables, es el objetivo, el sentido de lo que hacen, en definitiva. “Aunque suene raro, muchos jóvenes llegan a Wall Street con la expectativa de hacer del mundo un lugar mejor”, afirma. Así se lo venden los entrevistadores y ellos lo creen, o lo quieren creer.

Jeremy fue uno de los que lo creyó. Un día su jefe le llamó y le dijo: “No estamos aquí para salvar el mundo. Existimos para hacer dinero”. No es raro que estos jóvenes tuvieran la pretensión de ayudar al mundo con su trabajo, contribuir a la sociedad de alguna forma. Es un deseo extendido. Pero la realidad les ha golpeado de cara. La crisis financiera ha hecho mella. Hasta el punto de que Jeremy ocultaba estar trabajando para Goldman Sachs: “Le digo a la gente que soy consultor o abogado”.

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Bruce Villatoro Prensa QuienOpina.com

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