En cierto sentido, parece que el tiempo político se hubiese detenido en algún momento de principios del 2007. Entonces, el presidente en turno se acercaba al cierre de su mandato con un Congreso dominado por la oposición y un país con fuertes retos y la amenaza de una crisis mayor en el horizonte. De entre las diversas figuras políticas que aspiraban a ganar la Presidencia de Estados Unidos en las elecciones del 2008, a casi dos años de las elecciones, una se prefiguraba como la más fuerte, con más arrastre popular y apoyo político: Hillary Clinton.
Hoy, en el 2014, el escenario es muy parecido, y no se vislumbra hasta ahora un Barack Obama que pueda surgir desde las bases, irrumpir en la campaña y lograr la candidatura y la Casa Blanca como sucedió en el 2008. Hasta la fecha, y aunque ella no lo ha confirmado de modo explícito, Clinton es la principal aspirante a la presidencia de Estados Unidos en las elecciones del 2016. Es la única que parece contar con los consensos partidarios, el apoyo popular y la capacidad de recaudación financiera y movilización política que se requiere para dar la batalla y lograr el triunfo electoral. Y esto no se aplica sólo al Partido Demócrata en el que ella milita: en el bando republicano aún no existen figuras que se perfilen con la claridad y el soporte que tiene Clinton, y no hay tampoco ninguna que, hasta hoy, pueda competirle ante la opinión pública y los votantes (salvo quizá el gobernador de New Jersey Chris Christie, sumido actualmente en un escándalo de alcances inciertos).
Que esto sea así, desde luego, es muy favorable para Clinton, que desde su derrota en las primarias demócratas del 2008 ha crecido en experiencia política, tras servir como Secretaria de Estado de Obama por cuatro años, y ha tenido tiempo para sopesar y analizar su situación en el año trascurrido desde que dejó el gabinete de Obama.
Pero a escala nacional que el panorama político sea similar al del 2006 o el 2007 no es del todo halagüeño, pues sugiere que el liderazgo nacional no ha conseguido renovarse ni producir nuevas figuras con el tamaño para contender por la Casa Blanca. En el Partido Demócrata no habría nadie, quizá ni siquiera el vicepresidente Joe Biden, con la capacidad o el deseo para retar a Clinton de modo efectivo. Y en el Partido Republicano la situación es aún confusa, tanto por su esquizofrenia entre los conservadores tradicionales y los radicales del Tea Party como porque, en sí, la caballada se ve flaca. Personajes como Rand Paul, Paul Ryan, Marco Rubio o Ted Cruz tienen presencia, pero aún no suficiente para encarar a Clinton con éxito. Christie parece tener mejores posibilidades, pero para muchos en su propio partido resulta demasiado centrista como para concitar el apoyo del voto duro republicano. E incluso nombres con resonancia, como el de Jeb Bush, exgobernador de Florida e hijo y hermano de presidentes, aún no levantan cabeza de modo sustantivo.
Clinton, así, avanza por el momento casi sola, para bien o para mal. Es como si el caso de Barack Obama hubiese sido más bien una excepción, una anomalía, y que el panorama político demócrata se hubiese estancado con más o menos la misma figura de hace ocho años.
Aunque no es del todo así, pues ambos partidos han cambiado mucho tras el despertar popular que llevó a Obama a ganar dos veces las elecciones presidenciales pero que también vio el arribo de una fuerte masa de republicanos jóvenes y activos, muchas veces vinculados al Tea Party, y que no necesariamente están en sincronía con los patriarcas del GOP. Esos son los grupos que controlan la Cámara de Representantes y que podrían dar el contrapeso republicano en lo relacionado a la movilización masiva de votantes. Y ha habido sorpresas. En 1992 Bill Clinton surgió casi de repente para derrotar a un presidente George Bush Sr. con aura de victoria militar (aunque golpeado por la crisis económica). En 2000 George W. Bush desbancó a un Al Gore que parecía predestinado a la presidencia. Y en 2008 Obama desplazó a la propia Clinton en las primarias y luego no tuvo problema para ganar la elección general. Aún pueden darse muchos sobresaltos de aquí a 2016.
No obstante, Clinton se ve firme en el camino y sus simpatizantes ya hacen campaña, si bien ella hasta ahora ha mantenido un bajo perfil, sin confirmar sus intenciones todavía. Pero el Super PAC llamado ‘Ready por Hillary’, un grupo de apoyo a una posible candidatura, ya recaudó $4 millones en 2013 sin apenas calentar mucho la máquina. Y aún no ha comenzado nada.
Las importantes conexiones políticas de Clinton, forjadas desde el tiempo de la presidencia de su marido y durante su etapa como candidata y secretaria de estado son poderosas, presumiblemente mayores que las de cualquiera de sus rivales, y lo mismo es la opinión y apoyo que ella goza entre un amplio espectro de la ciudadanía. Las minorías clave en las elecciones presidenciales, sobre todo los hispanos y los afroamericanos, inclinan con amplia mayoría su intención de voto hacia los demócratas y hacia Clinton. Basta señalar que en las elecciones primarias demócratas de 2008, los votantes hispanos apoyaron a Clinton por encima de Obama en una relación de 2 a 1, según un estudio del Centro Hispano Pew.
Finalmente está la economía. Si la situación del país continúa su mejora, sobre todo en los ámbitos de la generación de empleos y la estabilidad general, las posibilidades de un corrimiento mayor hacia los republicanos serán menores, y los bonos de Clinton subirán. Siempre es más fácil, en una elección en la que el presidente en turno no busca la reelección, que un candidato del partido en el poder logre el triunfo si el contexto general parece estable o auspicioso (como sucedió, por ejemplo, cuando Bush Sr. sucedió a Reagan o cuando, casi, Gore se quedó a un paso de suceder a Clinton en una elección que acabo definiéndose en la corte. Caso contrario fue la elección de 2008, cuando los republicanos padecían el impacto de la profunda crisis nacional y los demócratas supieron capitalizarlo para volver a a la Casa Blanca.
En todo caso, el camino sigue despejado para Clinton, al menos en su partido, aunque es de esperar que comiencen a surgirle rivales, varios quizá de peso, en el futuro próximo en el ámbito republicano. En tanto, los grupos de apoyo a Clinton comienzan a trabajar, a veces incluso de modo conflictivo entre ellos a falta de una estrategia coordinada común, que no existirá en tanto Clinton no defina formalmente su interés por buscar la candidatura. Es posible que esos choques y diferencias entre grupos de interés, algunos ansiosos por comenzar a posicionarse para el futuro, 2016 y más allá, puedan, como sugiere el portal ‘Político’, dar dolores de cabeza al grupo más cercano a Clinton. Pero no está claro si eso catalizará su decisión o si, por el contrario, la hará mantener la prudencia para no quemar cartuchos de modo prematuro.
Hillary Clinton tiene actualmente 66 años y para las elecciones del 2016 habrá ya cumplido los 69. El tiempo deja suponer que su candidatura presidencial en el próximo ciclo será su última oportunidad de alcanzar la Casa Blanca. Por ello es de suponer que a fin de cuentas se subirá al tren de la historia una vez más. Pero en los próximos dos años mucho puede suceder.
