Arabia Saudí está viviendo una etapa de cambios. La avanzada edad del rey Abdalá (en agosto cumplirá 90 años) obliga a pensar en la sucesión y en dejar un país lo más estabilizado posible. Y este es el fin de las nuevas leyes aprobadas directamente por el monarcaque incluyen que los ateos serán considerados como terroristas, enfrentándose a duros castigos, tal y como recoge en su último informe Human Rights Watch, la asociación de derechos humanos.
El nuevo paquete de medidas quiere poner freno al terrorismo en general, pero se ha incluido este polémico punto que persigue a los que no profesan ninguna religión. Una reacción visceral e injusta con el objetivo de mantener el orden social y evitar que las personas que han ido a combatir a Siria y vuelven no contaminen con sus ideas al resto. Y es que esta es una de las mayores obsesiones de Abdalá; los posibles intentos de derrocar la monarquía en Arabia Saudí por parte de los retornados.
Por eso ha emitido un decreto que tipifica como delito «la participación en hostilidades fuera del reino» con el objetivo de que no se marchen al conflicto y si lo hacen, que no regresen. Las penas oscilan entre los 3 y los 20 años.
El país nunca ha sido un ejemplo en derechos humanos. Amnistía Internacional ha constatado en numerosas ocasiones las constantes violaciones a ellos que incluyen ejecuciones sin garantías judiciales, detenciones arbitrarias, tortura o malos tratos. Además las mujeres están completamente infravaloradas y la lista de prohibiciones prácticamente supera a la de derechos: no pueden conducir, tener un trabajo remunerado o montar en columpio, estas son algunas de las más bizarras pero no las únicas.
Las críticas de las organizaciones a los países occidentales por permitir estas aberraciones han sido constantes aunque inútiles, ya queArabia Saudí está considerado como un aliado en la zona además de ser uno de los productores de petróleo más importantes del mundo.
Precisamente la monarquía vive momentos confusos después de que esta misma semana el rey decidiese nombrar segundo en la línea de sucesión a su hermano Muqrin, con una edad comprendida entre los 68 y los 70 años, y que heredaría el trono en caso de ausencia de Abdalá y su hermanastro, el príncipe heredero Salman. Este cambio ha desatado una oleada de rumores sobre la salud de Salman.
Y es que aunque parezca increíble, el heredero tiene 78 años y no sería la primera vez que muere el que estaba destinado a ocupar el trono, ya que el rey ya ha tenido que enterrar a dos de ellos: los príncipes Sultan y Nayef.
Quizás una buena idea, tal y como apuntan algunos expertos, es poner en marcha un relevo generacional y que sean los nietos los que se hagan cargo del país. Sin embargo, Abdalá no parece por la labor y continúa gobernando con mano de hierro, mientras que los sauditas ven como cada día se recortan un poco más sus ya exiguos derechos.
