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Clubes brasileños que usan el sexo para vender el fútbol

En Brasil es práctica común usar el sexo para vender el fútbol –¡claro!, igual que en otras latitudes–. En colaboración con las federaciones estatales del deporte rey, el sitio web de O Globo, el mayor imperio de medios del país sudamericano, patrocina concursos de belleza.

Cada equipo selecciona a su propia reina, quien es fotografiada vistiendo bikinis y la camiseta del club que representa. La ganadora es quien obtiene más votos de los aficionados.

Y hay clubes que van más allá, como el Brasiliense de la Serie D, que en su página de internet presume a sus “musas” desnudas, lo que seguro le acarrea visitas a su sitio web, pero no la asistencia de la “torcida” al estadio. Como sea, se trata de un medio de promoción.

Lo revelador del asunto es que los indignados funcionarios brasileños que hace menos de un mes exigieron a la marca Adidas que dejara de vender (y lo hizo) unas camisetas con estampados alusivos al Mundial –dirigidas al mercado estadounidense– por considerarlas «irrespetuosas y ofensivas», y porque vinculaban la imagen del país sudamericano al turismo sexual, han dicho poco sobre esa práctica regular de los clubes de usar a las mujeres como objetos sexuales.

Ya no cabe duda de que el sexo vende en el balompié brasileño, pero igual ocurre en todo el mundo y en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Es utilizado, por ejemplo, en anuncios de ropa interior, de enseres domésticos, golosinas, cigarrillos, muebles…, así que negarlo sería ocioso, por no decir que hipócrita.

También es cierto que es muy delgada la línea que separa a una campaña publicitaria cargada de sensualidad, masculina o femenina, de otra que raya en la pornografía o que degrada a la mujer, al hombre o a un pueblo, o que promueve el turismo sexual.

¿Qué las separa? Quizás el buen o mal gusto –conceptos ambos totalmente subjetivos–, las inclinaciones o necesidades del espectador, sus intereses o ideología… En fin, lo que para un individuo es insultante, para otro es placentero, por lo que uniformar criterios es poco menos que imposible.

Lo que sí nos queda claro es que antes de mostrar sus atributos físicos en anuncios de publicidad y propaganda, los y las protagonistas dan su consentimiento, lo que no ocurre cuando se trata de actividades delictivas como la trata de personas, en que éstas son forzadas.

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Bruce Villatoro Prensa QuienOpina.com

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