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La planta que amenaza con hundir a un país en la miseria

Saná se muere de sed. La capital de Yemen será una ciudad fantasma en 10 años si las reservas de agua subterráneas se agotan. No la agobia la sequía, pues las lluvias suelen caer puntuales en verano, sino el cultivo de una planta adictiva: el qat.

Este arbusto, que verdea durante la mayor parte del año, ha conquistado las pocas tierras fértiles de ese país árabe y amenaza con hundirlo definitivamente en la miseria.

Pero la fugaz euforia que producen los jugos del qat al mascar sus hojas impide a los yemeníes comprender la lenta muerte de su pueblo. La adicción encadena a los agricultores, en busca de los ingresos estables que el trigo o el maíz no proporcionan; a los funcionarios corruptos, con intereses en el comercio del qat y la perforación ilegal de pozos de agua; y a millones de familias, endeudadas para mantener ese hábito suicida.

El colapso previsible de Saná

Hace 40 años los habitantes de Saná podían encontrar agua unos 30 metros bajo tierra. Hoy, en algunos barrios de la urbe, necesitan cavar hasta 1.200 metros para alcanzar el manto freático. Y en ese tiempo la población se ha disparado hasta alrededor de dos millones de habitantes, muchos de ellos “inmigrantes del agua”, que huyen de regiones desérticas donde las reservas ya se extinguieron.

Solo una minoría privilegiada recibe servicio de agua corriente en casa. El resto utiliza las fuentes públicas, gratuitas y desbordadas de vecinos que recorren áridas calles para llenar un bidón de plástico. Algunos cavan un pozo y abren un negocio. En el peor momento de la crisis política de 2011, un contenedor de 2.500 litros se vendía a 10.000 riales yemeníes (unos 47 dólares), ocho veces más que el precio normal. Más de la mitad de los yemeníes sobrevive con menos de 1,25 dólares al día, o bajo el umbral de la pobreza, según la escala de Naciones Unidas.

La cuenca acuífera sobre la cual se levanta la ciudad se retira a razón de seis metros por año. Se estima que para el 2020 la escasez del líquido alcanzará un nivel crítico. Entonces la antigua Saná –con más de 2.500 años de historia turbulenta a sus espaldas—obtendrá el título de “primera capital sin agua del mundo”.

Si las autoridades del convulso país árabe quisieran evitar el escarnio, tendrían que reducir el consumo de agua en la ciudad y sus alrededores. El 90 por ciento del líquido que se extrae de las fuentes subterráneas alimenta a la agricultura. Cuatro de cada 10 litros desaparecen en las raíces del qat. Otra solución sería bombear agua desde plantas desalinizadoras en el Mar Rojo, pero el precio de esa inversión excede los exiguos recursos del Estado. In extremis, los habitantes de Saná tendrán que marcharse y dejar sus hogares al cuidado de los fantasmas.

Las culpas del qat

La historia se torció en 1424, cuando algún viajero trajo consigo las semillas del arbusto maldito. Sin embargo, hasta hace tres décadas solo la clase alta masticaba las hojas de la planta, cuyos jugos contienen catinona, una sustancia psicotrópica que provoca euforia, hiperactividad, exceso de energía y también pérdida de apetito, paranoia ligera y, en casos extremos, psicosis.

La placentera costumbre ha remplazado al trabajo. Según cuenta un reportaje de la agencia IPS, poco después del mediodía los yemeníes abandonan sus labores para comprar qat y consumirlo durante el resto de la jornada. El 70 por ciento de los hombres participa en ese adictivo ritual, junto a un tercio de las mujeres. Así olvidan la vida difícil que les ha tocado en uno de los países más pobres del planeta.

Y mientras la droga nubla las mentes, la economía naufraga. Cada día se pierden 80 millones de horas de trabajo. Un cuarto del tiempo de trabajo real se consagra al cultivo del qat, cuya producción se vende en el mercado interno. Ningún otro empleador ocupa a tantas personas, en una actividad que solo genera más pobreza. El 20 por ciento de las familias yemeníes han contraído deudas para consumir qat.

El cultivo del qat pasó de apenas 8.000 hectáreas en los años 70 a 250.000 hectáreas en 2012, según estadísticas oficiales. Los agricultores han abandonado las siembras de cereales y tubérculos, lo cual ha disparado el precio de los alimentos porque el gobierno debe importar el 90 por ciento.

La fiebre del qat, impulsada por los subsidios estatales a los combustibles, ha animado a los campesinos a bombear enormes volúmenes de agua para regar el arbusto. La planta acapara un tercio de toda el agua subterránea extraída cada año. Pero las reservas de Yemen, acumuladas en acuíferos durante milenios, distan de ser inagotables. Los yemeníes disponen apenas de 125 metros cúbicos anuales de agua, una cifra que podría caer a 55 metros cúbicos en la próxima década. El promedio mundial es de 7.500 metros cúbicos.

El caos imperante en ese país árabe desde las revueltas de 2011 aleja un resultado esperanzador a la ecuación, donde el auge del qat y la escasez de agua abren grandes interrogantes en torno a la economía. Mientras la perforación ilegal de pozos y el comercio de la hoja ofrezcan beneficios a políticos y funcionarios corruptos, poco podrán hacer los yemeníes para eludir la futura tragedia nacional.

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Bruce Villatoro Prensa QuienOpina.com

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