Nasser, de 20 años, iba camino de ser médico gracias a su talento y esfuerzo, pero de momento su sueño ha quedado aparcado.
Su hermano Aseel, de 17, también ha renunciado a ser profesor de inglés. Estos dos jóvenes, como otros cientos, han dejado atrás sus vidas, en este caso en Cardiff (Gales), y han viajado a Siria para unirse al Estado Islámico de Irak y Levante (ISIS), un grupo terrorista extremista. Su familia, como no podía ser de otra manera, está destrozada.
“Me sorprendió, estaba triste y lloré. Mi mujer se derrumbó. Se siente como si el suelo bajo mis pies hubiese desaparecido”, confiesa el padre de los dos muchachos a The Guardian.
Era su reacción tras enterarse que sus hijos estaban en Siria y que Nasser había grabado un vídeo junto a dos compañeros, en el que animaban a otros jóvenes a unirse a la Guerra Santa. Y es que los datos no mienten; se cree que aproximadamente unos 450 británicos han pasado a formar parte del ISIS en los últimos dos años.
Este grupo extremista lleva varias semanas en boca de todos tras conseguir tomar gran parte de Irak, incluida la ciudad de Mosul, y avanzar hacia Bagdad dejando un rastro de violencia y sangre absolutamente devastador.
“Este es mi país. Vine aquí a los 13 años de Adén (Yemen) cuando me quedé huérfano. Es su país. Nació aquí. Ha sido educado aquí y ahora él ha traicionado a Gran Bretaña”, asegura el devastado padre.
Los dos hermanos pusieron una excusa diferente para marcharse de casa. Nasser dijo que iba a un seminario islámico en Shrewsbury, pero era mentira. Su destino estaba más lejos, concretamente en Siria. Aseel, el hermano pequeño, les aseguró a sus padres que iba a casa de un amigo a revisar un examen de matemáticas, pero no se le ha vuelto a ver desde entonces.
Sí se sabe que Nasser se marchó con un compañero del instituto, Reyaad Khan, también de 20 años y también presente en el vídeo.
“Reyaad por favor vuelve, me estoy muriendo por ti, eres mi único hijo”, suplicó la desesperada madre en una entrevista para la cadena Sky y agregó: “les están lavando el cerebro para que piensen que van a ayudar a la gente, no sé quién lo está haciendo, pero hay alguien detrás de ellos”.
Ahora todas estas familias que han visto cómo sus hijos se marchaban rumbo a la guerra viven a todas horas con el mismo temor: que un día suene la puerta y la policía les diga que han muerto en el conflicto. Los días cada vez son más largos y las esperanzas de verles regresar sanos y salvos muy pequeñas.
