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El soldado americano que huyó a Corea del Norte

“Normalmente no salgo de noche”, confesó Charles Robert Jenkins a un reportero de The Atlantic en agosto pasado. Nueve años después de su huida de Corea del Norte, el exmilitar estadounidense aún teme que sus antiguos torturadores lo busquen para ajustar cuentas. En un tranquilo poblado de la isla japonesa de Sado, este septuagenario espera el fin de sus días en una paz que jamás pensó recuperar.

La historia de Jenkins parece la creación de un experimentado novelista. Quizás nadie como él pueda explicar a los occidentales la lógica del régimen de Pyongyang, cuyas decisiones suelen desconcertar a diplomáticos y analistas. Haber soportado y sobrevivido a cuatro décadas de dura existencia en el reino de los Kim lo convertirían en un héroe, si no fuese por las zonas grises que salpican su pasado.

Una noche de 40 años

Nadie podía acusar a Jenkins de cobarde antes de su deserción el 4 de enero de 1965. Se había enlistado muy joven en su natal Carolina del Norte. Luego había sido desplegado en Corea del Sur entre 1960 y 1961, y en Europa en 1964. Eran los tiempos de la Guerra Fría. El fin de las hostilidades en la península coreana, aún demasiado reciente, elevaba las tensiones en la frontera, donde el entonces sargento dirigía una escuadra.

Sin embargo el miedo lo empujó una noche a abandonar a sus camaradas y atravesar campos de minas para entregarse al ejército norcoreano. Temía ser enviado al infierno de Vietnam. Ignoraba que viviría las próximas décadas en una especie de purgatorio comunista porque su plan de ser enviado a la Unión Soviética y luego retornar a Estados Unidos en un intercambio de prisioneros no funcionó.

Durante siete años Jenkins y otros tres estadounidenses desertores aprendieron de memoria las doctrinas de Kim Il-Sung, el líder de Corea del Norte; cuando se negó a tener sexo dos veces al mes con una mujer que le asignaron, sufrió las más brutales golpizas; al descubrir un tatuaje del ejército norteamericano en su antebrazo, los carceleros le arrancaron el dibujo a sangre fría con unas tijeras, narró en 2005 al programa 60 minutos, de la cadena CBS.

A pesar de convertirse en una estrella del cine propagandista de Pyongyang, Jenkins nunca disfrutó los privilegios de la elite comunista. Residía en un apartamento sin calefacción ni demasiada comida, vigilado. Cuando sus actuaciones en películas como la saga “Héroes anónimos” lo elevaron a la celebridad, frecuentó los círculos diplomáticos de los países socialistas aliados del régimen norcoreano. Esos contactos le abrieron una pequeña ventana al mundo exterior.

En 1980 un inesperado encuentro alumbraría, al fin, una esperanza al final del túnel.

Un amor nacido del odio

Los turistas japoneses rodean a Jenkins en la tienda de souvenirs donde ahora trabaja en Sado. Se hacen fotos con el protagonista de una historia que entienden como un gran romance. El norteamericano y la japonesa Hitomi Soga representan para ellos el triunfo del amor sobre el régimen autoritario de los Kim. Una metáfora inspiradora y fácil de consumir.

Soga había sido secuestrada por agentes norcoreanos en 1978. Los japoneses víctimas de este plan del mayor de los Kim debían enseñar su lengua materna a militares de Corea del Norte. Luego los estudiantes serían infiltrados en la vecina nación. Jenkins y sus tres compatriotas desertores también impartían cursos de inglés a los futuros espías.

Un extraño gesto de generosidad permitió que Soga y Jenkins se conocieran, cuando ella expresó su interés por aprender el idioma de Shakespeare. Treinta y ocho días después se casaron. La nipona apenas superaba los 21 años, él había cumplido 40. Según el testimonio del exsoldado estadounidense, los unió el odio al régimen norcoreano.

La huida hacia la libertad

La odisea de Jenkins terminó de manera inesperada en 2004. Su esposa había regresado a Japón dos años antes, como resultado de un acuerdo entre Tokio y Pyongyang para devolver a los ciudadanos nipones secuestrados. Pero el norteamericano y sus dos hijas, Mika y Brinda, permanecieron en Corea del Norte.

La separación duró hasta que el régimen de Kim Jong-Il aceptó que Jenkins viajara con el resto la familia a Indonesia, para someterse a un tratamiento médico y reencontrarse con Soga. El exsoldado prefirió enfrentarse a la justicia militar que regresar al infierno norcoreano. Finalmente en septiembre de 2004 se entregó en una base militar estadounidense en Japón, donde la Corte Marcial lo condenó a 30 días de cárcel. Durante su encierro colaboró con los servicios de inteligencia de Estados Unidos.

En el crepúsculo de su vida, Jenkins se ha reconciliado con su país y disfruta la vejez al abrigo de una familia que nació del infortunio. Quizás en esas noches cuando prefiere quedarse en casa, recuerda las palabras de su compatriota James Dresnok, el único desertor que aún vive en Pyongyang: “Nunca saldrás de aquí.”

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Bruce Villatoro Prensa QuienOpina.com

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