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Cuando ellos dejan que ellas elijan

Cuando estamos en pareja y nos gusta mucho la compañía que hemos elegido, existe un momento de ofrenda cuando le cedemos a nuestra “media naranja” la posibilidad de elegir. Ceder no implica conferir desde la altura de una alucinada soberbia, sino más bien darle curso a la capacidad de dar y facilitar. Es sentirse libre de sentir el placer de ver al otro tomando una decisión, eligiendo algo para sí o para la pareja. Se trata sólo observar.

En el momento en que una pareja encuentra coincidencia de objetivos, intereses y valores, descubre muchos aspectos valiosos. Nace la ternura, el deseo de compartir y soñar juntos, buscar el bien de la otra persona y ahí anida la felicidad de verla elegir por uno, por ella.

Por ejemplo, entramos al restaurante de lujo o al barato, da igual si es donde al mediodía algo frugal: “¿Te gustaría la baguette de jamón crudo o aquella de atún?”: Elige ella.

En la tienda de ropa femenina a la que prometiste acompañar también habrá un turno para encontrarse con un momento de elección: “¿Te parece que la blusa floreada me sienta mejor o la de rayas diagonales me hará ver más moderna?”. Tú sabrás llevar la conversación para que al final ella sea la que elija.

Llega el fin de semana y se abren dos posibilidades de “aventura”: ir a la casa de campo de tu suegro en las afueras o a una cena confirmada en lo de tu madre junto a parientes con los que tienes poca relación. Seguramente ella elegirá a su parentela y le darás la razón, porque en definitiva a ti tampoco te vendrá mal un poco de aire fresco. Y ella queda con la agradable sensación de haber elegido.

Existen decisiones un poco más delicadas, como el colegio de los niños. Para el caballero, presto a que su compañera sienta el “poder de elegir” encontrará luego de cavilaciones, sobre la mejor institución educativa, la cantidad de materias que ha de cursar el pequeño, la cercanía o no del colegio, los antecedentes académicos y sociales, horarios acomodables con la actividad de la familia, la cantidad de alumnos por aula y tú te darás cuenta que ella se siente más cómoda con la elección de una academia en particular. Entonces estarás de acuerdo con ella, por tanto ella elegirá.

Por otro lado, lo determinante es que sabes que al final será ella quien se ocupe de la mayoría de los aspectos relacionados con la escolaridad de los chicos. No hay duda que debes admitir la prioridad de ella para elegir. Disfrútalo.

¡Qué gran momento es el que reúne a la familia para planear las vacaciones anuales! No interesa tanto la cantidad de dinero reunido para tal fin sino el placer que tendremos por delante para pasar un tiempo relajados y en familia.

En el acto comenzarán los planteos de que si las sierras o el mar, si el campo o las montañas, el río, las cavernas, los pantanos, la luna, un planeta inexplorado…. Da igual. Te sientas a contemplar esa discusión festiva, abres una cerveza y piensas muy dentro tuyo: “Con esta gente maravillosa y una cerveza en mano voy a cualquier sitio”. Entonces, planteado el presupuesto afectado a tal fin, dejarás que ella elija dónde ir.

Todo discurrirá como en un cuento de hadas, fluidamente. Pero fallará si no te percatas que hay un solo aspecto que ella nunca deberá elegir.

Sí, lo hay. Nunca debes darle para elegir su regalo de cumpleaños, el de aniversario, ni siquiera el del día de San Valentín. Aunque cueste revertir la tendencia de que casi todo lo elegía ella, y que estabas cómodo en eso, si no te detienes a tiempo serás sacrificado y enviado a una de las fosas del Octavo Círculo que pensara Dante en su Divina Comedia.

Frente a los casos descriptos es el único momento en que ella no debe elegir. Se le quitará el cetro, cual poder revocable o hechizo con fecha de vencimiento. No detentará la potestad de la elección. Por su bien. Por el tuyo. Pues no hay mujer en el mundo, que quiera elegir su regalo de aniversario.

En sus genes las mujeres saben que ese regalo ha de ser sorpresa y que deberá tener mucha semejanza con lo que ella ya había imaginado. La elección aquí es puramente masculina y debemos hacernos cargo. Sin vacilación, sin dudas entre turquesa y violeta, entre anillo o gargantilla.

Eso lo elige el hombre y ella tiene la expectativa de que así sea. Aquí no hay dilema: esa elección particular y la de la marca de la cerveza, corresponden inexcusablemente al hombre.

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