La acidificación del océano avanza silenciosamente en las costas de El Salvador, modificando el equilibrio natural de los ecosistemas marinos y poniendo en riesgo la subsistencia de especies clave.
Este fenómeno, impulsado por cambios en las condiciones ambientales, pero también hábitos humanos, plantea retos crecientes para la vida marina y las comunidades que dependen de los recursos del mar.
En este contexto, especialistas en biología marina han advertido que el aumento de las temperaturas y la acumulación de carbono en el agua afectan la disponibilidad de oxígeno y nutrientes, transformando los hábitats costeros.
“El proceso de acidificación más que todo está relacionado con el tema de las temperaturas. Altas temperaturas provocan que exista un intercambio de carbono de la atmósfera contra el océano”, explicó Mario Córdoba, docente del Instituto de Mares y experto en biología marina, durante una entrevista con Infobae.
El impacto de la acidificación se extiende más allá de los organismos marinos y repercute en la economía local, especialmente en la pesca artesanal, pilar fundamental para muchas familias salvadoreñas.
“El ambiente que se crea en esa zona propicia para el cambio, hay poca disponibilidad de nutrientes, las cadenas primarias se ven afectadas, como el fitoplancton y el zooplancton, porque no hay nutrientes disponibles ni producción de oxígeno por la cantidad de carbono que se está fijando”, detalló el experto.
En el país, el Laboratorio de Toxinas Marinas (LABTOX UES) de la Universidad de El Salvador lidera el monitoreo de la acidificación oceánica en la región centroamericana. Esta institución ha consolidado la única base de datos nacional sobre el pH marino y se ha convertido en un referente científico internacional.
Sus labores incluyen la manipulación de muestras bajo condiciones controladas y el análisis sistemático de parámetros que inciden en la salud de los ecosistemas oceánicos.
La investigación académica permite identificar cómo la acidificación, sumada a las malas prácticas humanas, contribuye a la pérdida de especies en las costas salvadoreñas.
Córdoba puntualizó: “Todo lo que nosotros hagamos en nuestro hábitat terrestre siempre va a repercutir en el océano. Las malas prácticas, como encender el aire acondicionado en vez de sembrar árboles, generan gases que terminan acumulándose en la atmósfera y finalmente afectan el océano”.
La bahía de Jiquilisco y el estero de Jaltepeque, en el departamento de La Paz, han sido escenarios de cambios significativos en la biodiversidad marina. Córdoba, con quince años de experiencia en la zona, relató: “Hay una especie que se llama “casco de burro”, es la más grande. Normalmente se extraía en el estero de Jaltepe. Allí había bancos naturales. Ahora los pescadores nos dicen: ‘Ya no hay ya está desapareciendo’. Sí se logra encontrar, pero es muy escasa. La densidad por área es muy baja”.
El docente subrayó que otras especies nativas, como la sardinita y el camarón, también enfrentan riesgos por el uso de redes de pesca poco selectivas.
“Para colectar la sardinita utilizan redes muy finas y capturan también otro tipo de larvas y huevos. Si no hay control del uso de esa red, la cantidad de personas que se dedican a eso deteriora también otras especies”, indicó Córdoba, quien señaló que aunque se han implementado regulaciones para la pesca industrial, persisten desafíos en la pesca artesanal.
La acidificación y la contaminación afectan no solo a los animales marinos, sino también a las personas dependientes del mar para su alimentación y sustento.
Según el especialista, “el impacto más que todo se da en la producción de alimentos. Esos ambientes interrumpen las corrientes marinas, se generan condiciones no propicias para desarrollar jornadas de pesca y eso afecta directamente la producción”.
Córdoba remarcó que estas alteraciones no son recientes, aunque la falta de continuidad en los monitoreos y proyectos ha dificultado el registro sistemático.
“A nivel científico siempre se ha manejado el tema de la acidificación, pero no se ha dedicado un proyecto específico para monitorear la zona costera en busca de esos parámetros”, afirmó.
Las malas costumbres y la falta de conciencia ambiental agravan la situación. “A veces hacemos malas prácticas, como la quema en los canales durante la zafra. Ese humo perjudica grandemente a las zonas costeras, aunque estén lejos”, expresó Córdoba. Además, mencionó prácticas antiguas como la pesca con bombas o el uso de veneno en los ríos, que aunque ya no se observan con frecuencia, dejaron consecuencias en el ecosistema.
El especialista advirtió que la acumulación de basura y el manejo inadecuado de los desechos siguen siendo problemas graves. “Cada quien puede guardar su basura y reciclarla, pero no lo hacemos. Todavía se ve gente tirando basura por las calles o en los buses. Es triste ver eso”, concluyó Córdoba en su conversación con Infobae. Con información de Infobae






