Un amiguito de mi hija dice que de grande quiere ser camionero y aunque sea difícil de creer, sus padres están preocupados. Por más que los conocidos les decimos que aún le quedan muchos años por delante para que cambie de idea, ellos parece que lo tomaron al pie de la letra.
Ya lo están mandando a clases de guitarra, tenis y cerámica, a ver si se le despierta otra faceta. Pero el rebelde sin causa está muy decidido en su futura profesión.
Es que a los padres nos importa mucho el porvenir de nuestros hijos y tenemos expectativas que no siempre se cumplen.
¿Hay que tomarlos tan enserio cuando nos dicen lo que quieren ser de grandes?
“Siempre hay que escucharlos y tomar en serio lo que los chicos dicen; igual que cuando cuentan sus sueños”, dice la licenciada en Psicología Verónica Barca. “Porque muchas veces están expresando sus deseos; pero eso no quiere decir que va a ser definitivo. Es más que nada un proceso, se van construyendo a sí mismos”.
¿Es una manera de saber lo que piensan?
“Claro, siempre es bueno saber qué piensan, hacerles preguntas, conocer qué es lo que les gusta de esa idea. Lo que hay que rescatar es que tienen deseos y que sueñen que pueden ser posibles”.
¿Tenemos que preocuparnos si eligen una profesión que no nos gusta?
“A veces lo que nos dicen los chicos no encaja con el imaginario que los padres construimos de ellos. Hay un narcisismo propio. En el fondo sentimos que nos realizamos a través de ellos. Pero debemos entender que el modelo de nuestros hijos no tiene por qué ser nuestro modelo, son personas independientes. Como esa frase que dice: ‘Tus hijos no son tuyos sino de la vida’. De todas maneras, también habría que ver de dónde surgen esas ideas. Porque, sin darnos cuenta, a veces les trasmitimos contradicciones entre lo que les enseñamos y lo que queremos para ellos. Por ejemplo, si siempre les decimos que es bueno ayudar a la gente, no habría que sorprenderse si un día vienen con que quieren ser súper héroes o bomberos”.
¿Hay que alentarlos igual?
“Repito, hay que escucharlos, entenderlos, respetarlos y acompañarlos en la construcción que van haciendo de sí mismos”.
¿Qué efecto puede producir llevarles la contra?
“El problema es la ansiedad de los padres. Tienen la necesidad de asegurarse el futuro de sus hijos para quedarse tranquilos. Pero la mirada censuradora produce en el niño que quiera aferrarse con más fuerza a su idea. Es porque tiene que hacerse fuerte frente a la fuerza de ellos. Lo que sucede, en realidad, es que el adulto quiere que él construya su ‘yo’ pero tiene que entender que no es el ‘yo’ del hijo. Entonces, el resultado es que se aferra aún más a ese deseo, sin autocuestionarse o pensar realmente si eso le gusta”.
¿Y cómo actuamos?
“Lo mejor es tener otra actitud que no sea de confrontación. Los padres pueden preguntarle qué es lo que le atrae de esa idea, e ir diciéndole frases como: ‘Bueno hijo, irás viendo…’ Porque tenemos que entender que tiene que ver con que se va construyendo de a poco. Al principio irá jugando y después, verá. Si hasta los adultos nos replanteamos nuestra propia vida, ¿por qué un chico no va a poder cambiar de idea?”.
¿A partir de qué edad podemos comenzar a tomar en serio su decisión?
“A cualquier edad. Durante la adolescencia el chico realiza una reacomodación de todo lo que ha aprendido en su vida. Es un proceso neurológico de la evolución del pensamiento, que tiene que ver con la madurez emocional. Esto está directamente relacionado con las posibilidades de diálogo que tuvo en su infancia. A veces sucede que la madurez neurológica no coincide con la madurez emocional. Entonces, los chicos quieren cambiar de carrera o tomarse un año sabático porque necesitan un tiempo para crecer. Pero los padres nos ponemos ansiosos y no queremos esperar, no podemos respetar esos tiempos, soportar los cambios”.
Entonces, en realidad es un problema de los padres…
“Por eso, es bueno que cada uno primero se mire a sí mismo, para procesar y resolver sus propias angustias. Luego, con ellos, por un lado, deberíamos entablar un diálogo para saber qué es lo que quieren y qué significa esa profesión. Por otro, respetar sus deseos aunque no estemos de acuerdo”.
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¿Cómo podemos amigarnos con su deseo?
“Si nos parece que están eligiendo algo que no es adecuado, debido a su baja autoestima o a que no se animan a hacer otra cosa, es bueno acercarles herramientas, como por ejemplo llevarlos a un test vocacional, que los ayuden a ordenarse. Pero tengamos en cuenta que tienen todo el derecho de elegir lo que quieren hacer de su vida. A través de su propia experiencia, quizás en un momento se dan cuenta de que en realidad quieren otra cosa. La idea es abrir ventanitas para que puedan pensar, pero siempre con respeto. No hay que tenerle miedo a las palabras dichas con respeto y amor”.
¿Debemos estimularlos de pequeños cuando toman una profesión demasiado en serio?
“Es bueno brindarles recursos para que desplieguen sus habilidades y deseos. La idea es impulsarlos para que desarrollen su potencial, pero siempre que ellos lo elijan y no sea impuesto por los adultos. Nuestros hijos generan una movilización muy fuerte en nosotros. Entonces, cuando quieren poner distancia y mostrarse como seres individuales, no nos resulta nada fácil. También requiere de un crecimiento de los grandes. Pero son ellos mismos quienes nos van enseñando. Por eso, a veces cuando los padres hacen una consulta por sus hijos, los profesionales terminamos diciéndoles que son ellos los que tienen que venir”.




