Según el psicólogo social Erich Fromm existen muchos tipos de amor, incluyendo el amor fraternal, el materno y paterno, el erótico, el amor a Dios y el propio, mismos que explora en uno de los títulos más socorridos sobre este tema, El arte de amar, publicado originalmente en 1956. En esta celebrada obra, el también filósofo y psicoanalista alemán argumenta que el amor es una habilidad la cual se puede enseñar, desarrollar y ejercitar, pero para ello hay que entender las diferencias entre sus variantes.
Salomé, una lectora de Colombia, escribió a este espacio porque se sentía atrapada entre dos tipos de amor y, de hecho, citó al mismo Fromm en las líneas de su correo electrónico. Ella está consciente de que ama —de formas muy distintas— a su novio y hermano, pero la brecha que el tiempo ha formado en medio de ambos, la tienen muy lastimada.
“Las cosas empezaron a cambiar”, escribió Salomé sobre su hermano y novio quienes, hasta hace poco, eran muy buenos amigos. El caso es que “se dejaron de hablar y me dolió muchísimo porque yo estaba en medio de dos personas que amo demasiado”, confiesa Salomé. La situación se volvió tan tensa que ella y su pareja acordaron en excusarlo durante cada evento familiar, con tal de no enfrentarse con el hermano.
La historia de Salomé es, por desgracia, una muy común y, aunque quizá no todas lleguen a esos extremos, muchos hemos tenido un incidente en el que algún miembro de la familia sufre un altercado con nuestra pareja.
Lo más importante que debemos entender y considerar es que las relaciones entre la familia y la pareja romántica —en castellano— se conocen como «políticas» y, como ya había escrito en otras ocasiones, no hay mejor término para definirlas. Al igual que la Organización de las Naciones Unidas y los gobiernos, federales y locales alrededor del mundo solucionan sus diferencias, el método por excelencia para acceder a la paz es a través de la diplomacia.
En el caso particular de Salomé creo que tendría que hablar con ambas partes implicadas; hacerlo por separado y en momentos en los que cada uno esté dispuesto a desmenuzar el tema, pidiéndoles que se perdonen mutuamente por las diferentes acciones que los llevaron a esas instancias. En caso de que las charlas no rindan los resultados esperados, entonces habría que hacer uso de la más esencial lógica.
Es un hecho: uno no puede escoger a su familia, pero sí a su pareja. En teoría ésta es la persona con la que existe una mejor relación, aceptación y capacidad de negociación. Es a él o ella a quien podemos convencer de llegar a un punto medio, pedirle que relaje sus posturas y trate de hacer un esfuerzo porque las cosas mejoren. En ese sentido, la pareja es un catalizador de buena voluntad y es, a través de ella, que se puede lograr un equilibrio.
No se trata de que el hermano y el novio de Salomé vuelvan a ser amigos, sino que su pareja sea más flexible en sus desplantes, en la medida en que su novia pueda sobrellevar una vida familiar relativamente normal. Si su novio no recapacita y no la escucha o le hace caso después de explicarle la seriedad del asunto, puede ser un síntoma de futuras peleas, de mayor intensidad.
Detrás de cada pelea hay una oportunidad, no sólo de reconciliación, sino de análisis para el mañana.
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