Nunca he estado de acuerdo con el sistema de educación superior que existe en México. Aquí, al igual que en gran parte de Latinoamérica, para ir a la universidad hay que elegir antes una carrera.
Parece lógico, pero es un sistema que obliga al estudiante a determinar lo que va hacer por el resto de sus días a una edad en la que ni siquiera ha terminado de superar el acné. ¿Cómo esperar que un jovencito incipiente desarrolle poderes psíquicos para predecir los gustos y habilidades que descubrirá los siguientes años?
Por eso tenemos individuos que empiezan a dedicarse a eso que realmente les apasiona hasta que están llegando a sus treintas en lugar de haberlo hecho desde jóvenes. No tengo números para demostrarlo, pero estoy seguro de que un gran número de personas que eligen carrera a una edad temprana termina optando por la opción más segura, dada su situación particular.
Hay otros sistemas en el mundo más flexibles que permiten la experimentación académica, en los cuales el alumno puede inscribir cursos y materias de diferentes áreas y no tiene que definir la misma desde el inicio. Cuando se trata de decisiones trascendentales como éstas, cada segundo extra sirve para alimentar el criterio con elementos que ayudan a discernir entre las opciones.
En el amor hay quienes se comprometen muy pronto con una persona porque los tiempos de la sociedad así se los dictaron, al igual que los jovencitos que están escogiendo qué estudiar. De adolescente Jorge, uno de mis mejores amigos, me dijo: «Si sales con una chica por más de dos semanas, y en este tiempo ella no se convierte en tu novia, es muy probable que nunca lo vaya a ser». En aquel entonces tomé su sugerencia como un dogma y así me fue, sufrí fracaso tras fracaso.
En otras ocasiones, al conocer a una persona, hay algo en la posibilidad de entablar una relación con ella que se percibe como un riesgo, incluso si ésta parece tener cualidades que resultan prometedoras y la experiencia de compartir tiempo juntos es buena.
Puede tratarse de algún atributo consciente, fácil de advertir o, en muchos casos, se debe a otra cosa que percibimos de forma subliminal. Quienes son adversos a la incertidumbre no suelen quedarse mucho tiempo con alguien así.
Pero, al igual que entrar a la universidad, cuando nos obligan a tomar decisiones y no contamos con la experiencia necesaria para ello, las personas que no toman riesgos en el amor podrían estarse privando de conocer a alguien, más prometedor que la opción más segura. En ambos casos se falla en la decisión.
¿Qué hacer entonces cuando estamos ante tal disyuntiva? ¿Cómo minimizar el riesgo de enfrascarse con un candidato del que no se está completamente seguro?
En mi experiencia, lo mejor es definir las condiciones en las que se seguirá teniendo contacto con esa persona. Es decir, en términos coloquiales, poner las cartas sobre la mesa.
Hay un dicho en México que dice “sobre advertencia no hay engaño”, y es que al estipular las reglas del juego antes de iniciar la partida ya no hay sorpresas de por medio. Por ello, es esencial comunicarle al prospecto lo que se espera de él y hacer lo mismo en lo que refiere al accionar propio.
Cuando uno toma un riesgo, el fracaso está dentro del presupuesto; y si lo vemos así entonces no se vuelve tan terrible. Lo importante es intentar y no quedarse con ganas de nada, tanto para el amor como para la vida.
¿Qué te parece?




