Para que se dé una unión de cualquier tipo se necesitan, al menos, dos elementos con una cierta afinidad. En el caso de los seres humanos, que supuestamente tenemos conciencia de nuestros actos,se debería suponer que también existe un conocimiento de la nueva entidad que se está por formar.
Esta definición debe de ir más allá de un simple título, de tener un novio o estar casado con alguien, de concebir los límites y alcances de la misma, las responsabilidades y las expectativas que se están en juego.
La Real Academia Española define la acción de unir como “juntar dos o más cosas entre sí, haciendo de ellas un todo”; y justo en ese todo está una de las principales confusiones en cuanto el amor se refiere.
Diana, una lectora de este blog, quien compartió su historia con nosotros hace unos días, siempre lo tuvo claro durante el tiempo que duró su matrimonio y cuando nació su hija. Sabía que era esposa y madre, pero cuando se separó de su marido, las cosas dejaron de ser tan claras. “A punto de cumplir cuatro años de separados, no hemos firmado el divorcio ¬—escribe ella—. Podría ponerte miles de pretextos, falta de tiempo, falta de dinero, pero la verdad es que ninguno ha querido realmente terminar con esto”.
Llega un momento en el que el tiempo se vuelve en uno de los principales obstáculos para poner fin a una relación, pero no por la falta del mismo, no por no encontrar un momento para hacerlo, sino por el peso en el que se convierte el haber vivido con la otra persona.
Diana agrega: “Ninguno de los dos ha querido o decidido rehacer su vida. Como podrás imaginarte todo sigue igual. A veces nos amamos, otras tantas nos odiamos. Yo sé que él ha salidos con chicas al igual que yo, pero siempre regresamos a lo mismo. Esta relación dependiente e intermitente, esta codependencia emocional que ninguno de los dos ha querido soltar”.
Y continúa: “No sé si es por miedo, por amor, por desamor, no lo sé y no sé si algún día encuentre la respuesta. Sólo puedo decirte que tanto él como yo hemos tratado miles de veces terminar con esto hasta por salud mental, pero no lo conseguimos. Él se aleja, yo mejoro, él también y basta el mínimo detalle para que estemos juntos de nuevo. Sé que me falta el valor para ponerle el punto final a esta historia y sé que sólo yo podré hacerlo”.
La confusión de Diana, que entre líneas suena a desesperación, parece ser un agónico círculo vicioso que, tanto la costumbre como la resignación, no pueden romper. Pero no es así. El ancla que la detiene, como ella misma sugiere, es el miedo. Pero no es el miedo a perder al hombre con el que ha compartido tantas cosas o el padre de su hija; se trata de miedo a lo desconocido, a no poder definir la relación que tiene.
El amor suele ser confundido con cualquier otra cantidad de sentimientos, incluso hay unos que son muy adictivos y cuesta mucho trabajo dejarlos ir. Lo que Diana tiene que hacer, en mi opinión, esanalizar lo que es y lo que no es amor; y al resto de emociones que siente por su pareja las denomine con las palabras correctas, ya sea que es ‘costumbre’, ‘seguridad’, ‘pasión’, ‘enfermedad’, ‘adicción’, ‘resignación’, etc. Porque si lo que quiere es terminar su relación, la manera más fácil de hacerlo es saber lo que la une a ella.




