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Los niños condenados por la mafia italiana

Las mafias italianas han cultivado una leyenda. A pesar de sus actividades ilícitas, respetan un código de honor, aseguran. Algunos de los “mandamientos” de este reglamento no escrito parecen inspirados en la Biblia: no codiciarás las esposas de los amigos, no tomarás el dinero de otras familias… como si la Cosa Nostra siciliana y la ‘Ndrangheta calabresa fuesen hermandades cristianas. La literatura, el cine y la televisión han contribuido a popularizar esa imagen de criminales respetables.

Pero los actos de sus matones desmienten este relato romántico. El asesinato la semana pasada de Nicola, un niño de tres años, en la localidad de Cassano Allo Jonio, Calabria, ha hundido en el estupor a la sociedad italiana, que no ha olvidado la muerte de otros menores a manos de los sicarios pagados por las bandas en el sur del país.

Condenado por culpas ajenas

La policía apenas pudo identificar el cadáver calcinado de Nicola y de su abuelo Giuseppe Iannicelli, que viajaba junto a su novia, la joven marroquí Ibtissan Touss. Los asesinos prendieron fuego al vehículo luego de tirotear a las víctimas. Sobre el techo del coche dejaron una moneda de 50 céntimos, señal de que Iannicelli debía dinero a los capos locales.

El hombre, de 57 años, exhibía un grueso dossier criminal por actividades relacionadas con el narcotráfico. Las autoridades manejan la hipótesis de que el ajuste de cuentas se debió también a conflictos por un negocio de drogas.

El pequeño Nicola tenía la muerte prematura marcada en su destino. Su madre –la hija de Giuseppe Iannicelli—y su padre cumplen penas de prisión por delitos vinculados al tráfico de estupefacientes. Y es difícil apartarse de este mundo en Calabria, pues la ‘Ndrangheta controla el 80 por ciento de las importaciones de cocaína a Europa. El caudal de la mafia calabresa se estima en alrededor de 66.000 millones de dólares, equivalente al 3,5 por ciento de la economía italiana.

«¿Cómo se puede matar a una criatura de tres años de esta manera? Se han superado todos los límites”, afirmó el fiscal a cargo del caso, Franco Giacomantonio. La estupefacción del juez, aunque justificada por la atrocidad del crimen, no deja de ser retórica. Por estos días la prensa italiana se ha ocupado de recordar a sus lectores la crueldad sin fronteras de las mafias.

Giuseppe y Claudio, los códigos no existen

El 7 de octubre de 1986 los habitantes de Palermo, la capital de la mafia siciliana, comprendieron que la guerra entre las familias amenazaba a todos, sin importar la edad o el sexo. Claudio Domino, un niño de 11 años, fue asesinado a la salida de la escuela.

Según testigos del asesinato, un motociclista se acercó al grupo donde el muchacho conversaba y le pidió aproximarse un minuto. Cuando Claudio caminó hacia el sicario de la Cosa Nostra, este sacó una pistola de su chaqueta y le disparó en la cabeza, justo entre los ojos.

La policía atribuyó el hecho a una venganza de capos locales porque el padre de Claudio, Antonio Domino, se negó a colaborar con ellos. Domino dirigía la compañía de limpieza que se ocupaba de la cárcel donde entonces esperaban juicio cientos de jefes mafiosos, en el proceso iniciado por el célebre fiscal Giovanni Falcone. Aterrorizado por la muerte de su hijo, se negó a cooperar con las pesquisas.

Diez años después otro niño pereció de manera horrenda a manos del crimen organizado en Sicilia. Giuseppe di Mateo, de 11 años, fue secuestrado en 1993 por miembros del clan de Salvatore “Toto” Riina, considerado en aquella época el “capo di tutti capi”. Los captores prometieron que lo llevarían a encontrarse con su padre, un exmafioso encarcelado que había prometido colaborar con la justicia en el caso del atentado a Falcone.

Torturado y desnutrido durante más de dos años, Giuseppe murió finalmente en 1996, después que su padre Santino revelara los detalles del complot para asesinar al fiscal italiano. Giovanni Brusca, uno de los  secuaces de Riina, ordenó la estrangulación del niño. El cuerpo sin vida fue disuelto en ácido para borrar las evidencias del crimen.

En marzo pasado una corte de apelaciones de Palermo confirmó las sentencias de cadena perpetua contra cinco de los implicados en el secuestro y asesinato de Giuseppe. Un sexto hombre, Gaspare Spatuzza, recibió una condena de 12 años por haber colaborado con las autoridades en el esclarecimiento del caso.

Trágicos lazos de sangre

Del lado de las víctimas o de los victimarios, la vida de los niños de las regiones controladas por la Cosa Nostra siciliana y la ‘Ndrangheta calabresa gira casi inexorablemente en torno a las mafias. Ellos servirán de “moneda de cambio” para consumar chantajes y venganzas, o engrosarán las filas del crimen organizado cuando la edad les permita empuñar un arma.

En Calabria los chicos más fuertes y valientes suelen ser reclutados desde temprano por los clanes mafiosos. A lo largo de la infancia y la adolescencia reciben pequeñas misiones para probar sus aptitudes y su lealtad a la familia. Aprenden el oficio de criminal y el “código de honor” –alguna de las variantes modernas de la famosa omertà, o ley del silencio—que los atará hasta la muerte. Luego, cuando están listos, asisten a una ceremonia de iniciación bajo el auspicio de San Miguel Arcángel, convertido en santo patrono de la ‘Ndrangheta.

Con frecuencia los hijos de los capos suceden a sus padres, si la justicia o las balas los alcanzan. El matrimonio de las hijas con jóvenes de otras familias forja alianzas entre antiguos enemigos. Como en la Edad Media, la sangre teje lazos que encadenan a generaciones.

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