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Asfura admite desangre eléctrico en plena crisis ENEE

Tegucigalpa, Honduras | QuienOpina.Com – La frase del presidente Nasry Asfura desde Panamá cayó como una confesión de Estado: Honduras “se está desangrando” con la Empresa Nacional de Energía Eléctrica, ENEE. Pero si el país se desangra, la pregunta obligatoria es brutal, incómoda e inevitable: ¿quién sostiene todavía el cuchillo sobre la herida eléctrica nacional?

Porque la ENEE no llegó al abismo por generación espontánea. No se quebró sola. No perdió miles de millones por accidente. No acumuló crisis por mala suerte. La ENEE fue debilitada durante años por decisiones políticas, contratos oscuros, operadores fallidos, promesas incumplidas, pérdidas sin control, redes de influencia y una cadena de intereses que aprendió a ganar mientras Honduras perdía.

El presidente pidió apoyo para aprobar una reforma al sector energético. Dijo que la ENEE pertenece a cada hondureño. Aseguró que no habrá privatización. Prometió fortalecimiento, gobernanza, reducción de pérdidas y modernización.

Pero Honduras ya escuchó ese discurso antes.

Lo escuchó cuando se habló de eficiencia. Lo escuchó cuando se prometió medición moderna. Lo escuchó cuando se vendió la idea de recuperar pérdidas. Lo escuchó cuando se abrieron las puertas a modelos supuestamente técnicos que terminaron dejando más dudas que resultados.

Por eso hoy regresan dos nombres que incomodan al poder: SEMEH, Servicio Hondureño de Medición Eléctrica, y Empresa Energía Honduras, EEH.

Dos capítulos que no pueden ser enterrados bajo el lenguaje elegante de una nueva reforma.

Dos sombras que siguen caminando sobre la crisis eléctrica hondureña.

Dos antecedentes que obligan a preguntar si los mismos actores que rodearon el desastre de ayer podrían regresar ahora con nuevos nombres, nuevas oficinas, nuevos contratos, nuevos consultores y nuevos discursos técnicos.

La pregunta está instalada en la conversación nacional: ¿serán los mismos de siempre, pero con otro disfraz?

El Gobierno impulsa una propuesta que busca fortalecer la Comisión Reguladora de Energía Eléctrica, CREE, crear un Operador del Sistema y Mercado, OSM, independiente y técnico, y reorganizar la estructura interna de la ENEE.

Sobre el papel, suena a orden.

Pero Honduras no puede darse el lujo de creer solo en papeles.

El país necesita saber quién redactó, quién asesoró, quién empujó, quién se beneficiará, quién operará, quién medirá, quién cobrará, quién controlará el flujo financiero y qué empresas, grupos o figuras terminarán cerca del nuevo modelo energético.

Porque la ENEE es demasiado grande, demasiado estratégica y demasiado vulnerable para entregarla otra vez a experimentos disfrazados de salvación.

La crisis eléctrica no es solo un problema de cables, contadores, pérdidas técnicas o generación. Es un problema de poder. Es un problema de negocios. Es un problema de Estado. Es un problema de corrupción estructural que durante años ha permitido que la factura la pague la ciudadanía, mientras los verdaderos beneficiarios del caos rara vez aparecen con nombre completo ante el país.

Si Asfura dice que Honduras se desangra con la ENEE, entonces debe atreverse a completar la frase: ¿quién la desangró?

¿Quién permitió que la estatal llegara a este nivel de deterioro?

¿Quiénes firmaron contratos que no resolvieron la crisis?

¿Quiénes prometieron reducir pérdidas y dejaron un sistema más golpeado?

¿Quiénes supervisaron sin supervisar?

¿Quiénes cobraron mientras la ENEE se hundía?

¿Quiénes hicieron negocio alrededor de la medición, la distribución, el cobro, la recuperación de mora y la administración de servicios estratégicos?

¿Quiénes quieren volver ahora a la mesa energética con camisa limpia y memoria corta?

Estas preguntas no son ruido político. Son higiene democrática.

El país no puede aprobar una reforma energética de alto impacto sin antes abrir los expedientes del pasado. SEMEH debe ser revisado. EEH debe ser revisada. Los contratos heredados deben ser revisados. Las pérdidas acumuladas deben ser explicadas. Los responsables políticos deben dar la cara. Los operadores privados deben rendir cuentas.

Sin eso, la reforma puede convertirse en otra puerta giratoria para que los mismos sectores que se beneficiaron del fracaso vuelvan a presentarse como salvadores.

El presidente Asfura participó en Panamá en la 56.ª Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, OEA, y en los actos conmemorativos del Bicentenario del Congreso Anfictiónico de 1826. Desde allí habló de integración, cooperación, seguridad, inteligencia, comercio, salud, educación y fortalecimiento regional.

También recordó sus viajes a Alemania y Ucrania, de donde dijo traer expectativas de colaboración tecnológica e inversiones.

Pero la verdadera prueba de fuego no está en Panamá, Alemania ni Ucrania. Está en Honduras. Está en la ENEE. Está en los recibos eléctricos. Está en los apagones. Está en las pérdidas. Está en la deuda. Está en la sospecha de que la empresa pública más sensible del país puede volver a quedar atrapada entre intereses privados, decisiones políticas y contratos que nadie entiende hasta que ya es demasiado tarde.

“Confíen en lo que estamos haciendo”, pidió el mandatario.

Pero la confianza no se exige. Se construye.

Y en la ENEE, la confianza está rota.

Está rota por años de promesas fallidas.

Está rota por operadores que llegaron con soluciones milagrosas.

Está rota por contratos que nunca dejaron claro si beneficiaban más al Estado o a quienes vivían alrededor del negocio eléctrico.

Está rota por una institucionalidad que muchas veces pareció incapaz de defender el interés nacional.

Está rota porque la ciudadanía ha visto cómo la ENEE se convierte, gobierno tras gobierno, en botín, discurso, excusa, deuda y crisis.

Por eso el Gobierno no puede pedir paciencia sin entregar transparencia.

No puede pedir respaldo sin publicar controles.

No puede pedir confianza sin revelar quiénes estarán detrás del nuevo mapa energético.

No puede hablar de rescate mientras evita nombrar a quienes participaron en el hundimiento.

Y el Congreso Nacional tampoco puede lavarse las manos.

Si el Legislativo pretende aprobar reformas que tocarán el corazón del sistema eléctrico hondureño, tiene la obligación histórica de exigir auditorías, comparecencias, informes, nombres, contratos y responsabilidades.

No basta con levantar la mano.

No basta con negociar votos.

No basta con repetir que la reforma es necesaria.

El Congreso debe demostrar si legisla para rescatar la ENEE o para acomodar nuevos intereses alrededor de la crisis.

Porque esta reforma no puede aprobarse como trámite. Debe pasar como cirugía abierta frente al país.

Cada artículo debe ser revisado. Cada figura nueva debe ser explicada. Cada operador debe ser identificado. Cada riesgo debe ser expuesto. Cada antecedente debe ser ventilado.

La creación del OSM puede sonar técnica, pero el país debe saber quién lo controlará realmente.

El fortalecimiento de la CREE puede sonar institucional, pero Honduras debe saber si tendrá independencia real o si será otra oficina vulnerable a presiones políticas y económicas.

La reorganización de la ENEE puede sonar moderna, pero el país debe saber si servirá para ordenar la empresa o para fragmentarla en piezas más fáciles de capturar.

La defensa de la propiedad estatal puede sonar tranquilizadora, pero Honduras debe saber si la operación, el control, la administración o el flujo financiero quedarán en manos de terceros.

Ahí está el punto que incomoda.

La privatización no siempre entra por la puerta principal.

A veces entra por contratos.

A veces entra por operadores.

A veces entra por fideicomisos.

A veces entra por consultorías.

A veces entra por estructuras técnicas que el ciudadano común no entiende hasta que la factura ya está servida.

Por eso el Gobierno debe explicar con precisión quirúrgica qué se queda en manos del Estado, qué se abre a terceros, qué se contrata, qué se reorganiza y qué candados impedirán que la ENEE vuelva a ser secuestrada por intereses de siempre.

La ENEE es una empresa pública, pero durante años ha parecido un territorio disputado.

La disputan políticos.

La disputan empresarios.

La disputan operadores.

La disputan grupos de presión.

La disputan quienes entienden que donde hay crisis, deuda, pérdidas y urgencia, también puede haber negocio.

Y mientras todos disputan, Honduras paga.

Paga con tarifas.

Paga con incertidumbre.

Paga con apagones.

Paga con endeudamiento.

Paga con subsidios mal explicados.

Paga con presupuestos sacrificados.

Paga con hospitales, escuelas, seguridad e inversión pública que terminan compitiendo contra el agujero financiero de una estatal mal administrada.

Asfura dijo que quien no trabaje a su ritmo no puede estar con él. Esa frase debe tener consecuencias dentro del sector energético.

Si hay funcionarios incapaces, que salgan.

Si hay operadores reciclados, que se expongan.

Si hay asesores con conflictos de interés, que se aparten.

Si hay empresas vinculadas a fracasos anteriores, que se investiguen antes de tocar un centavo más del sistema eléctrico.

Si hay políticos usando la ENEE como plataforma de negociación, que el país los conozca.

La crisis de la ENEE no necesita maquillaje. Necesita bisturí.

Necesita una auditoría nacional sobre SEMEH, EEH, contratos, pérdidas, medición, distribución, cobro, mora, subsidios, generación, compras, deuda y responsabilidades.

Necesita una comisión técnica con dientes.

Necesita publicación total de documentos.

Necesita control ciudadano.

Necesita rendición de cuentas.

Necesita que el Gobierno entienda que la palabra reforma no borra la palabra sospecha.

Porque el país ya aprendió que en la ENEE las soluciones mágicas pueden convertirse en nuevos problemas.

Ya aprendió que los operadores prometen eficiencia, pero los recibos siguen golpeando.

Ya aprendió que los contratos se presentan como salvación, pero muchas veces terminan siendo una carga.

Ya aprendió que cada gobierno acusa al anterior, pero pocos se atreven a desmontar el negocio completo.

Y ya aprendió que cuando la ENEE sangra, siempre hay alguien que no se mancha, pero cobra.

Esa es la crisis que debe incomodar al Gobierno.

No solo la crisis financiera.

La crisis moral.

La crisis de confianza.

La crisis de saber que la empresa estatal más importante del país puede estar otra vez ante una reforma decisiva sin que primero se haya contado toda la verdad.

Si la reforma es buena, que la abran.

Si es transparente, que la expliquen.

Si es pública, que publiquen todo.

Si no privatiza, que detallen cada blindaje.

Si rompe con el pasado, que digan quiénes quedan fuera.

Si rescata la ENEE, que demuestre cómo evitará que los mismos actores del desastre vuelvan a sentarse en la mesa.

Honduras no puede seguir aceptando reformas a oscuras.

No puede seguir pagando facturas ajenas.

No puede seguir escuchando que la ENEE se desangra sin exigir saber quién se enriqueció con esa sangre institucional.

El Gobierno tiene una oportunidad histórica: rescatar la ENEE de verdad o quedar atrapado en la misma sombra que dice combatir.

La advertencia es directa: sin auditoría, sin nombres, sin contratos abiertos y sin responsabilidades, la reforma energética nacerá bajo sospecha. Y una reforma bajo sospecha no rescata una empresa pública. La deja lista para el siguiente saqueo. —Redacción Bruce Villatoro CEO QuienOpina.Com

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