Tegucigalpa, Honduras | QuienOpina.Com – La ENEE ya no es solo una empresa en crisis: se convirtió en el punto exacto donde el poder político puede quedar desnudo ante Honduras. Lo que se intenta presentar como una reestructuración técnica comienza a oler, para amplios sectores ciudadanos, a una maniobra de alto voltaje para partir la estatal, debilitarla y abrirle espacio a intereses que nunca aparecen de frente, pero siempre terminan cerca del dinero público.
El giro más incómodo es este: mientras se insiste en que la ENEE está quebrada, destruida y convertida en un peso insoportable para el Estado, al mismo tiempo crece el apetito por reorganizarla, dividirla y tocar sus áreas estratégicas. Una empresa supuestamente muerta no despierta tanta ambición si no tiene algo valioso por dentro.
Ahí empieza la sospecha nacional.
Porque HONDURAS ya conoce la película. Primero dicen que no hay privatización. Luego hablan de rescate. Después aparece la palabra modernización. Más tarde surgen contratos, operadores, intermediarios, consultores y grupos económicos con sonrisas discretas. Al final, la factura vuelve a caer sobre la misma gente.
Y esta vez el tema puede explotar.
Tomás Zambrano está entrando en una zona de peligro político real. Su nombre queda atrapado en una discusión que puede convertirse en un golpe directo contra cualquier aspiración de futuro. Si acompaña una jugada que HONDURAS percibe como privatización disfrazada, no solo estará respaldando una reforma cuestionada: podría estar firmando una sentencia política difícil de borrar.
El problema para Zambrano es que la ENEE no admite medias tintas.
Aquí no sirve quedar bien con todos. No sirve hablar bonito. No sirve esconderse detrás de tecnicismos. No sirve fingir prudencia mientras se cocina una decisión que puede tocar el bolsillo de millones de hondureños.
La energía eléctrica no es un juguete del poder.
Es la luz de las casas. Es la factura de cada mes. Es el costo de producir. Es el golpe al pequeño negocio. Es la angustia de una familia que ya no sabe cómo pagar comida, transporte, escuela, agua, internet y recibo eléctrico.
Por eso, cualquier intento de dividir la ENEE sin absoluta transparencia puede desatar una crisis política de gran tamaño.
Nasry Asfura y su entorno tienen una pregunta encima que no pueden esquivar: si no quieren privatizar, ¿por qué el país no recibe una explicación total, clara, pública y verificable sobre qué se pretende hacer con la estatal eléctrica?
La respuesta no puede ser una frase.
No basta decir “no se privatiza”. No basta repetir que todo es por eficiencia. No basta envolver la propuesta en palabras bonitas. Honduras exige saber quién gana, quién pierde, quién controla, quién contrata, quién opera y quién terminará pagando.
Porque cuando el poder evita explicar, la ciudadanía empieza a sospechar.
Y cuando la ciudadanía sospecha sobre la ENEE, la crisis deja de ser técnica y se vuelve política, social y electoral.
El Congreso Nacional también queda bajo presión.
Cada diputado que levante la mano en una decisión mal explicada tendrá que cargar con su voto. Cada silencio tendrá lectura. Cada ausencia tendrá costo. Cada maniobra será observada. En este tema no habrá escondites cómodos, porque la ENEE toca una fibra demasiado sensible del país.
La advertencia es directa: quien juegue con la ENEE puede terminar jugando contra HONDURAS.
Y si HONDURAS siente que quieren aprovechar distracciones nacionales, coyunturas deportivas, feriados, crisis paralelas o ruido mediático para avanzar una decisión impopular, la reacción puede ser más dura.
Honduras no está dormida.
La gente está cansada de que le digan que todo se hace por su bien, mientras los beneficios terminan en los círculos de siempre. Está cansada de cargar con apagones, altos costos, malos servicios, corrupción, contratos oscuros y promesas recicladas.
Por eso la ENEE puede convertirse en una chispa.
Una chispa contra el Gobierno. Una chispa contra el Congreso. Una chispa contra los liderazgos que quieran nadar entre dos aguas. Una chispa contra quienes pretendan vender como rescate lo que la población pueda interpretar como reparto.
Y en esa crisis, Zambrano queda especialmente expuesto.
Si realmente quiere proyectarse como liderazgo nacional, debe entender que hay momentos donde el silencio se vuelve complicidad política. La gente no solo juzga lo que se dice. También juzga lo que se evita decir cuando el país necesita claridad.
La ENEE puede ser su prueba más dura.
Porque no se trata de un discurso de campaña. No se trata de una entrevista. No se trata de una fotografía partidaria. Se trata de una decisión con capacidad de golpear el recibo eléctrico, el bolsillo popular y la memoria política de millones.
Aquí el poder político debe sentirse incómodo.
Debe sentirse observado.
Debe sentirse obligado a explicar.
Porque el país no puede permitir que una empresa estratégica sea convertida en botín bajo el disfraz de una reforma. No puede permitir que los mismos sectores que durante años fallaron en administrar, fiscalizar o sanear la ENEE ahora aparezcan como salvadores de último minuto.
Honduras necesita rescatar la ENEE, sí.
Pero rescatar no es repartir. Rescatar no es fragmentar para beneficiar intereses. Rescatar no es esconder contratos. Rescatar no es jugar con palabras mientras se mueve el control energético nacional.
La diferencia es profunda.
Una reforma verdadera se hace de cara al país. Una privatización disfrazada se empuja entre sombras.
Y el país está mirando dónde se coloca cada quien.
La ENEE puede convertirse en la línea roja que separe a quienes defienden el interés nacional de quienes prefieren obedecer al poder. Si intentan tocarla sin transparencia, la crisis no solo será eléctrica: será política, ciudadana y electoral. —Redacción Bruce Villatoro CEO QuienOpina.Com






